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Cultura ecuatoriana celebra su día con muchos retos; presidente de la CCE y cifras del Observatorio lo evidencian

Fue en 1975 que Guillermo Rodríguez Lara mediante decreto instituye al 9 de agosto como el Día Nacional de la Cultura, en reconocimiento a que en ese día en el año 1944 se crea –en la administración de José María Velasco Ibarra– la Casa de la Cultura Ecuatoriana, la cual surge en una década en que el país (en 1941) sufrió una perdida territorial y Benjamín Carrión, abogado, maestro y escritor, esboza su tesis de nación pequeña, pero grande en cultura.

Para la fecha, las instituciones culturales y educativas del país, públicas y privadas, realizan actos conmemorativos de diversa índole. El Día Nacional de la Cultura no pasa del todo desapercibido ¿o sí? La duda es razonable frente a los muchos análisis que, desde varias vertientes, advierten de la falta de atención al sector.

Así lo ha señalado el presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, sociólogo Fernando Cerón, quien considera que el sector ha sido desatendido en el contexto ecuatoriano y que junto con la educación es uno de los más afectados en los recortes presupuestarios.

¿Cuáles son los puntos críticos y urgentes a los que se enfrenta actualmente el sector artístico y cultural?, preguntamos a Cerón, quien respondió: Existen varios y emergentes. Uno sería cómo logramos empezar a articular políticas que garanticen la generación de trabajo y cómo esta luego puede ir decantando en la generación de derechos laborales, seguridad social, etc., pensado, además, en un concepto pospandemia que evidencia con mayor fuerza el problema del acceso al trabajo. “(…) Otro punto crítico tiene que ver con la profesionalización del sector, donde la Universidad de las Artes ha hecho mucho y cambiado muchas dinámicas, sumado a otras carreras y facultades de artes en otras universidades; sin embargo, la oferta y la posibilidad de resolución de este ámbito sigue siendo altamente compleja”.

Como tercer punto crítico, Cerón mencionó el espacio público, tanto los administrados por instituciones como los que son tal y los que están dedicados a la actividad cultural con un componente entre asociativo y privado. “Prestan servicios culturales, pero su manera de trabajo o formalización no se ha logrado establecer, evitando que tengan una incidencia importante dentro del accionar cultural, vinculado a lo social”. Un cuarto eje son los consumos culturales, agregó. “Eso requiere de lo que por muchos años se llamó formación de públicos y tiene que entenderse cómo establecemos vínculos más profundos con las comunidades”.

¿Cuál ha sido el aporte del sector educativo para mejorar la situación del sector cultural y artístico? “Me parece que es una deuda gigantesca de hace muchos años, por lo menos desde 1989 en que se crea la Subsecretaría de Educación y Cultura dentro del Ministerio de Educación. Se han ido consolidando como procesos que articulaban una profunda relación cultura-educación. En ese mismo año, cuando se lleva adelante esta definición, hubo la posibilidad de crear un Ministerio de Cultura y no se tomó esa decisión, pensando en que podría haber una articulación. Claro que la hay, es de transversalidad porque la educación y la cultura son transversales y se chocan en varios puntos. La política de relación con las comunidades, por ejemplo, debe estar muy de cerca con la política educativa. La cultura debe convertirse en una herramienta pedagógica. Sin embargo, tienen varios puntos en los que no coinciden y deberían mantener su propia autonomía e independencia”.

Condiciones de los trabajadores de la cultura en cifras

Las cifras también dan su diagnóstico del estado de la cultura en nuestro país. Desde la academia, el Observatorio de Políticas y Economía de la Cultura de la Universidad de Artes y de su Instituto Latinoamericano de Investigación en Artes (ILIA), dirigidos por el doctor Pablo Cardoso, ha realizado dos encuestas de las condiciones de los trabajadores de la cultura.

La primera a inicios de la emergencia sanitaria por COVID-19, en los meses de marzo y abril del 2020, cuyos resultados, publicados a mediados de ese año en el Termómetro Cultural 1, dejaron como lectura que las condiciones de los trabajadores de la cultura eran mayoritariamente precarias, debido a la vigencia del pluriempleo y a la inestabilidad del ingreso. La segunda, aplicada entre el 15 de abril y el 31 de diciembre de 2021 como una continuación del proceso investigativo realizado en 2020 y publicado en el Termómetro Cultural 2, dejó como resultado que los trabajadores encuestados llevan más de dos años enfrentándose a un escenario adverso, sin una recuperación económica pospandemia.

Los resultados tanto de la primera como de la segunda medición revelan un escenario poco alentador, en el que las condiciones de los trabajadores del arte y la cultura se mantienen en algunos casos similares a las de los meses de mayor gravedad de la pandemia y en otros se han agravado, señala Mario Maquilón, del equipo investigador del Observatorio. Ante estas circunstancias, se vuelve aún más necesario sostener las investigaciones –alrededor del empleo cultural y sus manifestaciones particulares en el Ecuador– que identifiquen las áreas de mayor afectación, el alcance de la pandemia y la vulnerabilidad inherente del sector artístico y cultural y que posibiliten una mejor atención desde el Estado, pero que también aporten a la asociación y a las agremiaciones en sus acciones colectivas para el soporte de sus miembros, y, por qué no, que también permitan establecer estrategias individuales a partir del examen de las condiciones que determinan su situación.

Links de los resultados de la primera y segunda encuesta de las condiciones laborales en trabajadores del arte y la cultura publicados en el Termómetro Cultural 1 y 2, en ese orden:
http://observatorio.uartes.edu.ec/investigaciones/
http://observatorio.uartes.edu.ec/termometro-cultural-2/

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