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Almadía de México habló sobre formas de libros, texturas y diseño con los sellos locales Blanca, Recodo y Severo

En su segundo día de actividades, la octava edición de Libre Libro 2022 unió este jueves 17 de noviembre a varias editoriales para la charla “Poéticas de la materialidad: La forma de los libros, sus texturas y el énfasis en el trabajo de diseño evidencia una discusión sobre cuál es el vehículo que potencia una propuesta editorial”. El conversatorio fue moderado por Ana Camila Corral, docente de la Escuela de Literatura, y tuvo la participación de las editoriales independientes locales Blanca, Recodo y Severo, y de la invitada internacional Almadía de México.

Corral inició indicando que se trataba de una charla en torno al libro en cuanto objeto entre aspectos tangibles, sensoriales, simbólicos, etc. Los participantes fueron invitados a conversar de la poética de la materialidad de las editoriales que dirigen, así como su desmaterialización. Todo esto en cuanto un marco alrededor de las posturas estéticas que entrañan no solo a quien publica, sino cómo hacerlo para encontrarse con los lectores en diversidad de formatos de libros y las implicaciones que esto conlleva.

Intervino Víctor Lara, representante de la editorial quiteña Blanca (2016), la cual nació tras una necesidad de responder ciertos cuestionamientos entorno al arte y la describe como una “fábrica de arte contemporáneo disfrazade de editorial”. Presentó algunas de sus obras publicadas, como “Irrumpir”, un libro desplegable en forma circular. Por otro lado, un flip book dividido en 3 tiempos pensado como en actos de obra de teatro o secuencias propias del cine, con códigos QR que dan acceso a una banda sonora. Finalmente, un libro “rayuela” (en alusión a la obra de Cortázar) el cual no está enumerado ni tiene un orden establecido. Trabajos experimentales que llevan al lector a pensar cómo agarrarlos, cómo leerlos y enfrentarse a las incomodidades que puedan percibir, o no.

Editorial Blanca fue fundada y es dirigida por Miguel Alonso. Lara señaló: “A Miguel le interesa mucho la forma de leer, que no sean solo letras, sino los sentidos. El tacto que es incómodo, la forma visual que combina ciertas técnicas como la serigrafía, el offset”. Realizan, además, jams de escritura y de dibujo de manera dinámica e improvisado, pensando desde y utilizando el cuerpo, con la finalidad de “desbloquear bloqueos creativos e incentivar desde otras disciplinas, la escritura y encontrar nuevos lenguajes a través de los sentidos”.

Utilizan la tecnología para registrar los procesos de elaboración de libros, como plastificación o impresión, en tanto, reveló Lara, les interesa “más el proceso que el libro mismo”. Además de contar con la combinación de artes análogos con el arte digital, trabajando con artistas “underground”.

En representación de Editorial Almadía (2005) estuvo Patricia Salinas, de Oaxaca, México. Trabajó en Surplus Ediciones por varios años y fue allí donde adquirió sus conocimientos en la edición y a pensar, por primera vez, en el libro como objeto. “Hay que decidir a quién publicar y a quién no, pero también en series de decisiones materiales y a producir el objeto que es el vehículo que va a contener el texto y la propuesta”. Entre otros, decidir tamaños, papeles, tipografías, lo cual es parte del sentido del libro y lo que permite que el mensaje que va contenido por dentro, se entienda.

Así, llegaría ella a Almadía, editorial que fue adquiriendo una imagen estética particular para consolidarse: la abundancia de colores de tonalidades fuertes. Mucho tiene que ver el territorio geográfico donde se funda Almadía, en el estado de Oaxaca, al sur de México, el cual contiene “una diversidad cultural importante, diversidad lingüística. El punto de los colores era manifestar diversidad y que, en librerías, la imagen fuera una bomba de color”. Tuvo un diseño característico por muchos años: el “libro camisa”, el cual se podía “quitar, voltear y volver a poner”.

“Queremos que sea un regalo para el lector, pero manteniendo precios que permitan que sea accesible”, precisó Salinas. A lo largo de los años el diseño fue cambiando por pastas duras y posteriormente tapas blandas, en tanto por temas de costos elevados de producción y a manera de rediseñar los modelos.

En tanto lo digital, Salinas anotó hallar en ello un medio interesante para distribuir libros y moverse entre fronteras. Consideró, además, a los PDFs online como una vía para que el lector se interese por adquirir el libro original.

Fausto Rivera representó a Severo Editorial (2017). Se conectó por medio de Zoom desde España, dando a conocer que la editorial nació con la intención de acoger la literatura contemporánea ecuatoriana con énfasis en las artes visuales. La materialidad, explicó, que le hiciera “justicia” a los contenidos de los libros. Un diseño distinto para cada texto que demanda y exige una identidad visual singular. “Hasta ahora 6 diseñadores han trabajado y cada uno ha ido navegando por lugares que han encantado y llevan a pensar en libros como objetos de asombro”.

Considerando tipos de papel, tipografías, que sus solapas sean largas, etc., y así convertir el leer en una experiencia llena de efectos. Entre su catálogo está “Flotar, pude”, de la escritora Gabriela Ponce, cuyo diseño Rivera describió como “atravesado por el mar, como paisaje afectivo (…) un gesto acuático de mar, de gota, de fluido que hace alusión a la escritura de la autora”.

No ha sido una prioridad para Severo el trasladar sus catálogos a formato digital, diciendo que les interesa “sostener la conversa alrededor de libros físicos”, además de mantener una experiencia erótica-afectiva y de contar con una buena distribución de sus libros en físico alrededor del país.

Han contado con el trabajo de Andrea Torres Armas, correctora de estilo y alumnus UArtes de la Escuela de Literatura.

En nombre de Recodo, intervino Galo Pérez. El proyecto editorial se fundó en 2012, pero fue en el 2020 que adquirieron una máquina duplicadora riso, a modo de iniciar su trabajo de impresión de libros. La risografía, comenta, funciona muy bien para una producción más barata. Destaca la mano de obra como lo más importante.

“La gestión alrededor del libro no es solo el escritor; hay mucha gente detrás. No solo la materialidad, el diseño, el diagramador, el corrector de estilos; también está el señor que corta papel, el que plastifica. Son oficios que poca gente se toma tiempo de pensar quien lo hará”, indicó Pérez. Oficios colectivos, además, como el elaborado por varias familias en el barrio San Juan, en Quito, lleno de imprentas y tiendas con materiales para elaborar libros.

Fue así como empezaron a conocer aspectos alrededor de la producción material del libro, el mercado del papel, gramaje, etc., con la conclusión de que “el libro como objeto es también un oficio de trabajo”.

Consideran importante tomar en cuento los accesos a internet al pensar en la digitalización, en tanto se trata de zonas rurales del país, contando con proyectos digitalizados, pero también llevados a lo físico.

Entre su grupo de trabajo están Pérez, Carolina Benalcázar, Carolina Velasco como editores y Juan Felipe Paredes, estudiante de la Escuela de Literatura de la UArtes, como asistente editorial y encargado de redes sociales.

Texto y fotos: Daniella Vera S., estudiante de la Escuela de Literatura.

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