Credo funerario

por Rosa Inés Padilla

Foto: Paula Parrini Saavedra @paulaparrinisaavedra. Quito, 2019 

A los caídos (y arrojados) en octubre

Creo en el poder de los muertos,

creo en su poder de agencia,

creo en su naturaleza simbólica: en sus múltiples evocaciones y significados.

El cadáver ha sido uno de los elementos que más ha llamado la atención del hombre y que más ha interpelado a la historia humana. Hemos adornado, pintado, tratado, curado, momificado, enterrado, incinerado, preservado y adorado al cuerpo muerto. Ver un cadáver es preguntarse también si el más allá existe. La fe y lo sagrado parecen improbables, la salvación es más una esperanza que una certeza; la misma naturaleza humana es puesta a prueba cada vez que se observa a un humano en su lecho mortal.

Cada sociedad, tiempo y cultura han planteado formas específicas para tratar a los cadáveres. Son estas funciones y prácticas las que determinarán qué instituciones, autoridades y responsables manejarán a los muertos en cada comunidad. Estos también serán los encargados de cuantificarlos o incluso de esconderlos e ignorarlos.

Creo en el vacío, en la ausencia que deja un cadáver.

Creo en el horror que provoca la falta.

Al morir una persona no solo se pierde a un individuo, el muerto se lleva consigo parte de la fe que tiene la comunidad sobre su propia trascendencia y permanencia. Estas pérdidas también se pueden observar en la actualidad, donde el proceso de perder a un miembro de un núcleo familiar y social obliga a los que quedan a pensar en su propia muerte. Finn Stepputat (2017), en Governing the dead, menciona que la crisis por la pérdida tiende a causar en los individuos una sensación de vacío, tanto físico como sagrado, razón importante para que se hayan desarrollado a lo largo de la historia del hombre ceremonias o prácticas rituales que devuelven al humano su sensación de orden o pertenencia.

La muerte trae consigo, sobre todo desde la modernidad, una carga simbólica de miedo o terror, cuestión que ha sido ampliamente discutida en el psicoanálisis: «La muerte, en otras palabras, es la madre de todos los miedos. Para vivir con este temor, tendemos a reprimirlo por diferentes medios, asegurando que solo surja en rupturas y bloqueos particulares como los provocados por el encuentro con los cadáveres» (Stepputat, 2017). Probablemente por esta razón, gran cantidad de la literatura de terror ha girado alrededor del miedo que causa la idea de morir, la muerte, el cadáver o las presencias etéreas que se crean a su alrededor —fantasmas o espíritus—.

Creo en los fantasmas.

Creo en los muertos porque son incómodos.

Si el cadáver es visto como un sinónimo de miedo también puede ser usado como un instrumento o excusa para ejercer violencia. En ciertos contextos y discursos, la muerte de un individuo podía dar ‘orden a las cosas’, o ‘regresar la paz a una comunidad’. Asimismo, muchos grupos —desde los estatales hasta los que operan al margen de la ley— han usado a los cadáveres para imponer un orden en la sociedad a través del miedo que ellos despiertan. El Estado incluso ha demostrado su soberanía a través de las regulaciones a cuerpos vivos y también a los cuerpos muertos —que van desde trámites legales hasta lugares propicios para su descanso—.

Creo en los que usan a los muertos como un arma de control y miedo.

Creo en el poder del Estado.

La muerte de otro genera toda clase de reflexiones sobre nuestra propia vida. Es esto lo que han considerado los estados y soberanos a la hora de generar terror o miedo para ejercer poder, para demostrar el control sobre la vida de los ciudadanos: «Al igual que otras manifestaciones de soberanía, la exhibición de voluntad, sacrificio y desprecio por la muerte parece a la vez aterradora e impresionante, ya que aterriza el carácter casi sagrado de la vida misma» (Stepputat, 2017).

Una de las formas más antiguas para ejercer soberanía es aquella que mostraba el soberano —rey, emperador, autoridad estatal, militar— al saber su poder sobre la vida y muerte de otros. En la historia sobran ejemplos, pero se pueden mencionar algunos como los espectáculos romanos y medievales en donde el soberano mostraba su poder al perdonar o quitar la vida de un hombre (Foucault, 1977). Otro ejemplo puede rastrearse en las ceremonias o juicios públicos en donde el soberano o las autoridades judiciales —quienes representaban al pueblo— podían castigar, ahorcar o decapitar a un individuo —generalmente señalado como el monstruo social— por crímenes o actos en contra de la moral o seguridad pública (Foucault, 1977; Stepputat, 2017). Estas muertes traían de vuelta el orden, estos cadáveres expiaban los males morales de toda la sociedad. Es con la muerte de estos individuos que se devuelve, supuestamente, la seguridad pública y la paz. Es con sus muertes que el Estado y el soberano pueden demostrar el control sobre los cuerpos de su población.

Creo en la vileza del soberano.

Creo en sus súbditos absortos detrás de un televisor.

Si hablamos de octubre de 2019 también podemos rastrear esta noción de soberanía. En ciudades como Quito, Guayaquil, Cuenca y varios cantones del Ecuador se construyó una imagen del enemigo público, de aquel que había que combatir y controlar. A partir del uso de apelativos como vándalos o terroristas, el soberano consiguió forjar un frente común al que había que detener y silenciar. El colectivo disconforme fue señalado como invasor y violento, y fue el que aguantó el golpe del soberano. Fue ese colectivo al que se reprimió en la plaza pública, al que se persiguió y el que sintió el enorme y violento peso de la ley. Asimismo, como en el circo medieval o en el Coliseo, el soberano fue aplaudido y celebrado por miles. Otros, en cambio, observábamos absortos la puesta en vacío, el desplome, los golpes y los disparos que brillaban en un campo atestado de gas y hollín. El soberano mostró que gobierna los cuerpos, que es capaz de quitar y otorgar. Vendió al granel la idea de que había que recuperar la seguridad y la moral pública, muy a costa de cuántos ojos pudiera cegar, de cuántos cuerpos vería caer. Importaba más la fachada de sus ciudades y monumentos que los cuerpos protegidos solamente por un cartón.

Creo en los muertos de octubre.

Creo y evoco sus ausencias.

Creo en esos muertos reconocidos por pocos. Esos cuerpos caídos son los que nos piden alzar una voz. Esas muertes nos recuerdan también el poder y facultad para eliminar inconveniencias que tiene el Estado. Lo que este no puede borrar es la capacidad del relato colectivo. Esos muertos, para muchos, son también poderosos porque nos recuerdan que la Historia es un gran campo de disputa en donde lo incómodo grita de formas disidentes. Los relatos oficiales deben y tienen que contrastarse porque la memoria no es única, es más bien polifónica y diversa.

Es el soberano el que debería temer el borrar y silenciar, el que debería sentir el miedo a esos muertos; es en su espada donde recae el vacío y la pérdida de fe de su comunidad. El macabro juego donde demuestra su poder ofrece también una valiosa oportunidad para desmantelar su discurso. El ocultamiento y la invisibilización resultan una provocación a la ausencia, una falta a la memoria, una contradicción simbólica: ¿por qué hay un vacío colectivo si no hubo muertos? ¿Quién ocultó sus relatos?

Octubre deja un sabor agridulce, porque el caos provocado por esas ausencias no se ha reparado. Si bien la seguridad pública se nos ha prometido no se ha superado el sentimiento de tensión y beligerancia. Vuelvo al principio: ha sido y es el cadáver uno de los elementos que más ha llamado la atención del hombre y que más ha interpelado a la historia humana. Son esos cuerpos, ahora ausentes, los que necesitan un relato, una reivindicación, los que deben reconocerse como lo que fueron: cuerpos inocentes en un conflicto manipulado y mediatizado por un soberano que, si bien ha dado clara muestra de su fuerza bélica, no ha podido mostrar su capacidad para gobernar.

Creo en el ritual.

Creo en las velas que encenderé.

Creo en la memoria de los muertos.

Bibliografía

Foucault, M. (1977). Discipline and Punishment, New York, Pantheon Books.

Sherman, D. (2014). In a Strange Room: Modernist Corpses and Mortal Obligation, Oxford, Oxford University Press.

Rosa Inés Padilla Y. @rip2507 Licenciada en Comunicación (PUCE), magíster en Antropología Visual (FLACSO - Ecuador), actualmente cursa un doctorado en Antropología Social (Universidad Iberoamericana, México). Intenta leer un libro a la semana.

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