Rezan al Señor de los fusiles

por Nicolás Esparza

8 de octubre del 2019

La yuca de los próceres, en La fragua de Vulcano. Foto: José Miguel Cabrera Kožíšek @The DrKostka

En videos de Youtube surgen recomendaciones sobre cómo tratar de contrarrestar ataques con bombas lacrimógenas. Lo exponen como algo sencillo: nunca lavarse con agua, sino verter leche sobre los ojos y el rostro; a falta de leche, útil es el vinagre y si es de manzana es mejor, incluso. Sin embargo, al llamar al ECU-911 para pedir una ambulancia por un ataque con bombas lacrimógenas para alguien a quien se le dificultó respirar a causa del atentado, la recomendación recibida por esa institución fue lanzarle agua en abundancia y postrarle. Así fue como se sugirió el viernes 4 de octubre a las 18h30 alrededor del parque Centenario, luego de que la Policía Nacional atacara a un grupo de manifestantes que se reunieron en la plaza San Francisco para protestar en contra de la firma del préstamo que el Estado recibió del Fondo Monetario Internacional (FMI), a los que persiguieron como en circo romano hasta lograr doblegarlos: hombres, mujeres, señoras, adultos mayores, jóvenes universitarios. En términos contemporáneos: baby boomers, generación X, millennials y generación Z. 

Se suele decir que la realidad se nutre de la ficción. Habría, entonces, cierto sentido articulado en torno a dos leitmotivs en esta realidad ficcionada, dos constantes coyunturales, aunque imperecederas: la violencia y el poder. Y así, surgen también todas las posibles variantes: la violencia del poder, la violencia por mantener el poder, el poder de la violencia, la violencia contra el que no tiene poder, la poderosa violencia que el violento poder inflige sobre los que no tienen poder y que se les acusa de incurrir en violencia. Considerando esto, entonces, se puede decir que el día viernes 4 de octubre se desplegaron muchos de los imaginarios de la literatura nacional en nuestra realidad, con la violencia como eje central y el poder como hilo conductor: Alfredo Baldeón Silva y los trabajadores que acompañaron su causa y que sufrieron junto a él el atropello de las medidas económicas, de Las cruces como el agua, de Joaquín Gallegos Lara, estaban ocupando la plaza; el ímpetu de Andrés Chiliquinga y sus congéneres, de Huasipungo, de Jorge Icaza, resguardaban su espacio en su tierra, exigiendo sus derechos sobre ella; Octavio Ramírez y todos los otros seres que habitan «el bolo de lodo suburbano», de Un hombre muerto a puntapiés, de Pablo Palacio, volvieron a sentir el ¡chaj! ¡chaj! ¡chaj! sabroso; «el trueno horrendo que en fragor revienta / y sordo retumbando se dilata / por la inflamada esfera», del Canto a Bolívar, de José Joaquín de Olmedo, volvió a arremeter pero ya no como salvador de una víctima, sino como su victimario; la violencia de los cuerpos vejados de los hermanos Terán, de Nefando, de Mónica Ojeda, violentados por una fuerza mayúscula que se les impuso en su tierna indefensión; la búsqueda infinita de alguien que no comprende qué pasa, como Amy Lehman, de La familia del Dr. Lehman, de Sandra Araya; el ángel de la muerte surcando los espacios en búsqueda constante, como en Lili en la niebla, de Daniel Félix; cuerpos mutilados y la búsqueda de familiares, como en Un hombre futuro, de Ernesto Carrión. La literatura nacional pareciera hacer eco y predecir los flujos de las acciones que se viven en la coyuntura; la literatura nacional y el poderoso despliegue de las fuerzas violentas del poder que se manifiestan con violencia. 

En la ciudad de Guayaquil no hay medios independientes que estén poniendo cuerpo o voz para registrar lo que sucede. Los medios oficiales fueron amedrentados el jueves 3 de octubre en Quito y también en Guayaquil. Hubo saqueos como en el 30S y se estableció un estado de excepción que durará treinta días consecutivos, tiempo en el que la Policía Nacional podrá prohibir reuniones, invadir viviendas, requisar la privacidad, en pro de una vigilancia que, a primera vista, se erige inocente, pero que en sus costuras destila horror. Luego de denunciar a través de los canales oficiales la violencia no oficializada que la Policía Nacional infligió en periodistas y camarógrafos, el devenir de la información desde la ciudad cuajó como gelatina y se transformó en algo amorfo, irreconocible. En algo que ya no fue periodismo, sino otra cosa. La prensa oficial no ha emitido ninguno de los atropellos que se dieron en menos de veinte minutos el día jueves 4 de octubre a lo largo de la avenida 9 de Octubre, entre las 18h00 y las 18h30. La prensa oficial no ha registrado en sus líneas de tiempo, así como tampoco en los mapas que ostentan todo lo que ocurrió ese día, a la par que la tarde se tornaba noche y con la noche venía la violencia. 

Antes de la persecución se podía contar alrededor de una decena de policías en cada una de las calles transversales entre el parque Centenario y la plaza San Francisco, a cada lado de la Avenida 9 de Octubre. Cuando las motos de la fuerza policial comenzaron a hacer escándalo emulando balas fue cuando todo se tornó rápido, violento, distópico. Las motos perseguían a hombres y mujeres reunidas no solamente por lo ancho de la avenida, sino, incluso, por las aceras. La intención de esos policías —que iban en parejas en cada moto— era dispersar a la fuerza a los manifestantes. Poco a poco los gritos de protesta se tornaron en ruidos de motores, en llantas rechinando sobre el pavimento, en gritos de adultos mayores, como un grupo de cuatro señoras que iban con los brazos trenzados caminando en bloque. Es necesario referir que el número de asistentes no fue masivo: apenas llenarían la Catedral y, aun así, sobrarían espacios y sería notorio. 

Esa tarde, mientras la Policía Nacional abismaba a los manifestantes al parque Centenario con toletazos por ambos lados de las motos, sus miembros, hombres y mujeres, buscaron generar pánico entre los asistentes que se mantenían. La Policía Nacional rodeó el parque cabalgando de a dos las motos, sin ninguna identificación, con las caras totalmente tapadas dejando ver solamente ojos inhumanos que reflejaban rabia y violencia para segregar a los manifestantes. A quienes iban unidos de las manos o con los brazos trenzados se encargaron de separarlos, de desplazarlos e intimidarlos a punta de gritos. Pero aún eran las 18h15. El tiempo resultaba un elemento decisivo. Aún había Metrovía. Aún se podía estar a salvo. Aún se podía escapar y evadir el escrutinio policial y el permiso otorgado por el Estado para abusar que portaron con tanta ostentación. En Guayaquil no hay espacios naturales a los cuales acudir como para poder agarrar un palo, una piedra, un instrumento que pudiera ser empleado como arma. Lo único que se portó aquella tarde fueron banderas, pañuelos, botellas de agua, maletas con artículos personales. Sin embargo, la Metrovía no dejó pasar a nadie y a los que entraron, el guardia de turno los botó y entregó a la policía, sin que fueran criminales. Muchas de las tácticas empleadas aquella tarde del viernes 4 de octubre, de la que no hay registros oficiales en los mass media, serían empleadas luego el lunes 7, el martes 8 y solo incrementa. Parecería que se busca volver a marcar el 9 de octubre como un artificio, un distractor, una ficción para glorificar una táctica política. El Señor de los fusiles ha llegado a la ciudad.

Nicolás Esparza. @nicolasesparza_ Narrador, acaso poeta; docente de Literatura en nivel medio; estudiante de Literatura en la Universidad de las Artes; autor de YOSOYELMAL (Dadaif cartonera, 2017), aparece en la antología Despertar de la Hydra: antología del nuevo cuento ecuatoriano (La Caída, 2017), y Ataúd en llamas. Testimonios de escritores en el Guayaquil de la pandemia (Mecánica Giratoria y UArtes Ediciones, 2020), también en revistas de literatura, como Tangente, Letralia y Rocinante. Antisistema. Miembro impúdico de La Cofradía. 

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