Las dimensiones de la habitación: primer ingreso a la Ciudad Subvertida

Ciudad subvertida

Por: Nicole Coronado (@nicolelzbthc)

Nunca me había detenido a pensar en las dimensiones de mi habitación. Un cuarto de 3 x 3 ahora interrumpido.

Un agujero en el tumbado

Todas las noches un gato negro se pasea por mi pieza. Entra por la ventana, camina sigilosamente de un extremo a otro de la cama, salta al librero, sube por las repisas hasta llegar a la fachada de madera. A veces cae en el intento de salir por los agujeros del techo hacia el pequeño patio de la lavandería. Dormir en la esquina opuesta a la grieta de mi habitación, la sombra de esta herida abierta es imposible de ignorar, incluso con las luces apagadas. Tonos de amarillo que revelan un yeso malgastado por los años y las lluvias. Y sus pequeñas grietas. Lo primero que veo al despertar son esas pequeñas grietas. Mi techo se rompe como un cascarón.

Éramos yo y mi habitación interrumpida

Los muebles de mi habitación: una cama innecesariamente grande, un librero, un anaquel, el escritorio y el armario. Ordenar el espacio esperando que se aclare la mente. El desplazamiento del armario al librero, de la cama al escritorio, del anaquel a la puerta; son dos o tres pasos. Pensaba que sabía perfectamente quién era yo. Me había creado una vida en el tránsito. Mi malestar no se debe al distanciamiento tanto como a la anulación de mi yo-andante, la ciudad que yo conocía ya no existe.

Estar expuesto

Las voces del pasillo, los ruidos del baño, los olores de la cocina. Padecer la contaminación sonora. Cerrar una puerta en vano. Una habitación que se deshace. Me pregunto si escuchan mis risas, mis gritos, mi llanto y mis orgasmos, ¿Se pueden llevar los afectos en silencio? Mi estancia en la habitación, amarilla como las grietas del techo, amarilla como mi piel. El amarillo es el color de lo ausente.

Sellar una grieta

Recuperar la habitación. Territorio al que llega el eco del afuera como pequeños espasmos en el cuerpo. Estar adentro no es estar a salvo. La habitación es ese lugar etéreo y fuera de la ley, es imposible saber qué pasa allí. El espacio se desdobla y me asfixia, un gato llora en el techo porque no puede atravesar mi pieza.

Vivir un doble estado de excepción

Un sistema que se sostiene solamente en la emergencia. Acostumbrarse al olor de un cuerpo que se descompone frente mío. En la habitación estamos yo, y este cuerpo en descomposición. En la calle está el otro y un cuerpo en llamas. Solía tener miedo al fuego. El miedo es ese estado paralizador de las cosas. Encontré un pequeño encendedor en un rincón de mi cuarto. Quemarse los dedos en el intento de encender una vela. Jugar con fuego. Hay algo fascinante en los objetos cuando se queman. Pasar del miedo a la piromanía. Meditar. Sentarse a ver los pensamientos pasearse por los tonos de amarillo. Una idea vaga y recurrente: Yo tendría que arder.

¿Y la ciudad?

«Deberías irte y volver después de que esto se incendie y fundemos la nueva Guayaquil», me dijeron, y me quedé. Mi ventana da a la casa del vecino. Una casa fragmentada por el tiempo. Interrumpida. Un árbol atraviesa la decadente silueta de la fachada de madera. Las ramitas del árbol se pasean por la ventana. De la ciudad me llega el eco de la angustia. Una ciudad a la deriva, La emergencia se sostiene de los cuerpos que no importan. Estar expuesto. O no estar.

Algo acontece en las calles y en los cuartos

Nota preliminar #CiudadSubvertidaZine

Nicole Coronado @nicolelzbthc. Machala, El Oro. 1998. Le interesan los temas como las cartografías, los espacios y las ciudades. El andar, el errar y el juego. Fundadora y editora en el Laboratorio Editorial Mandrágora Errante. Forma parte del equipo de Efecto Latam, espacio de comunicación y revista digital. Estudiante de Literatura en la Universidad de las Artes.

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