Las ruinas de mi rostro.

Nunca logré creer que en siete días se creó el mundo, porque este bosque tardó tres años.  

La embriogénesis comenzó en mi nariz. Mi frente tuvo que esperar. Mientras que, el suelo de mis mejillas, por sus poros, es idóneo; ellas son las voluntarias para repoblar la flora. De la sien al mentón, voto unánime para el uso de mis recursos. Fértil es el suelo donde crecí, y fértil es mi rostro. Fecundo fue el fruto de mi adolescencia, en cada poro hubo una semilla. La germinación de cada brote se exhibió como punto negro, y fue notorio a todo vidente. Fue notorio a los cinco sentidos.  

Dejar que crezcan sus raíces es un triunfo, me refiero a las plantas. A todos les emociona ver crecer una planta, tanto que, desean constante mencionarlo. Mi pequeño jardín ha generado intriga, víctima de la ignorancia, había sido considerado como el resultado de mi inventada poca higiene. Los tallos fueron frondosos, profundos, anchos pero tersos. Cada uno podía contar historias, me aseguré compañía, intentando ensordecerme ante la crítica rutinaria. La clave de la siembra es el riego. El cambio climático empezó en mis ojos. Las lágrimas nutrieron las plantas cada media hora; ese fue un mecanismo de defensa, mientras escuché más palabras, más lloré. El diluvio no logró ahogar la vegetación. Otro fenómeno natural se asomó, sudoración, bendita sea la humedad, todo hágase en nombre de mi célula animal transformada en vegetal.  

Estaba escondida, luego pasé a ser un letrero tornasol ambulatorio. Cómo esconder esa vida silvestre, si sus colores brillaron entre lo grisáceo de esta ciudad. Dependiendo del ángulo, pasaba entre amarillo, rojo, naranja, rosado, hasta que llegué al morado como si este fuera mi destino final. Flores, tallos, hojas pigmentadas. Cada planta es endémica y enemiga de sus anexas, ellas se alaban entre la más grande o más longeva.  No me dieron tregua, su peso fue demasiado para la autoestima de una niña. Dolió el cuello, la mandíbula, mis huesos, temí verme débil.   

Varios atrevidos, que por dermatólogos se sentían jardineros, intentaron podar mis sembríos. Me tacharon de plaga, optaron por fumigar cada suspiro, rociaron con insecticida cada esbozo; no sabía que se llamaba ironía, pues, resultó ser abono en vez de veneno. Mi cara absorbió el pus, el cebo, la grasa, la mugre, y las opiniones. Una cara sin cura.  

Las corrientes cambiaron de ciclo, (re)surgir del fondo del desprecio, con ellas se liberó la proliferación vegetal-facial. Me volví bosque, desbordado de mi rostro. Se esparció en cada milímetro terrenal. Abundantes árboles, flores, arbustos, musgos, montañas, senderos. Era un paisaje de postal, pieza botánica, santuario. Ecosistema intacto y puro, no fui tan valiente para tocarlo, apenas le podía ver.  

Mi yuxtaposición dérmica ahora es solo un recuerdo. Por rehusarme a ser zona protegida pagué el precio de toda área verde en inminente amenaza, yo tampoco pude enfrentar: extinción; deforestación a ras de mi cutis; un incendio de causa humana en un consultorio; abrasión, pero micro y derma. Fui medicada al grado del delirio, quedé árida, vacía, sin oportunidad de despedirme del espacio que formó mi identidad física.   

No sé si lo extraño, sé que mis cercanos consideran un logro que él se deshiciera de mí. Crecí con miedo a que alguien me haya visto por debajo de él, y haya llegado hasta el claro de mi rostro. Tierra desgastada y pálida, hoy es mi rostro así. Prefiero definirme como mi memoria lo relata, una aliada de la naturaleza, su más indefensa presa.  

Mi rostro fue un bosque. 

La modernidad entró en escena. 

Mi rostro es mi recuero de pesadilla camuflada en narrativa herbácea. 

Lo virtual entró en escena. 

Mi rostro será lo que mis fotos del antes después digan de él. 

Jennifer Flores B. @jenniferfloresb (Guayaquil, 2000). Estudiante de Literatura en la Universidad de las Artes. Participó en la declamación artística en la Verbena juliana guayaquileña (2017) organizada por el Archivo Histórico del Guayas. Participó en la primera y segunda edición del recital “Micro poesía caníbal” (2018-2019). Colaboró en la escritura colectiva del libro "Puka Rumi" (2019). Miembro activo del Club de Escritura Creativa del CEAT, con el cual publicó un podcast y dos relatos. Editora temporal de la revista Preliminar. Participó con poemas de su autoría en la primera edición del recital de Jashís Cultural. Sus intereses son la oratoria, recitación poética, los idiomas, los estudios filológicos, la escritura creativa y la investigación en artes.             

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