Lilith, Eva y María José

Ilustración por BryErs

Por: Dayana Zambrano Ortega |

Cae la luna sobre el pavimento de brea y el calor tropical enfrascado en lluvia de invierno trepa por las paredes de caña, el mar hace ruido de fondo y los cabellos de María José se pierden en la sábana rosa palo. Tiene seis años, sabe poco, ignora que ha nacido huérfana, y que su salvación recae en el agua bendita, en el perdón de sus pecados, en las invocaciones estériles de la santísima trinidad. Está dormida, pero no del todo, tiene motivos para estar alerta; porque es ignorante y humana, la mueve la curiosidad muda. La mala hierba se inclina suave, hay pasos hundiéndose en el lodo, interrumpen el zumbido de los mosquitos y parece que el viento silba, pero no es el viento. Los párpados de María José están fruncidos y sus pupilas se han dilatado: están tirando piedras a su ventana.

La niña se arrastra sintiendo la bata de algodón sobre sus tobillos, y perezosa abre una vez más la puerta. Esta vez el hombrecito minúsculo le ha llevado caramelos de miel, está sonriendo tétricamente. Los criterios estéticos de la muchachita le alcanzan para entender que es feo, y aunque es cierto que le inspira asco, no logra generarle miedo. En esta ocasión, la criatura le cuenta sobre las cuevas que están llenas de margaritas, monte adentro. —Si vieras —pronuncia en voz siseante el hombrecillo— son tan bonitas, tan bonitas —finaliza la frase con euforia y le gorgotea la saliva en los labios. María José lo contempla estoica, sin expresión clara en el rostro y él, diminuto como es, se acomoda el sombrero.

La charla se demora cerca de una hora, el ruido seco de los mangos al caer engloba la consigna y el acuerdo: que vendrá cuando llegue la luna nueva, que no tendrá que preocuparse por ser descubierta, que guarda una piedra en sus bolsillos que causa la somnolencia, que no va a extrañar a nadie, que él es solo un buen amigo, casi que un padre, un primo, un tío o un hermano, que no le hará daño, que vale la pena contemplar los tallos verdes de las margaritas, que el mundo es un lugar amable y que está a salvo. La niña solo asiente, tiene la sonrisa tensa en la comisura de los labios.

Producto de esa conversación y consciente de que en el cielo reinará la oscuridad en apenas cinco días, María José revisa la caja húmeda y llena de polillas que guarda bajo la cama, busca con saña aquel ejemplar de bolsillo de la Sagrada Biblia, que es tan famoso en Navidad como en Semana Santa. No tiene que hurgar demasiado sobre las páginas amarillas, lo que busca se encuentra cobijado en las letras del Viejo Testamento, concretamente en el Génesis. No sabe leer así que la rebelión de Lilith o el pecado de Eva le son irrelevantes, como los caramelos de miel o la orfandad. Enseguida acude al mortero de cemento, tarareando canciones de cuna, mientras apenas comienza a moldear el artefacto. Tiene los ojos miel y toda su gracia infantil danzante en la garganta.

La quinta noche ha llegado, guarda un manojo de ramas de lavanda en sus calcetines morados, ajusta sus zapatos de charol, y coloca la pieza— que ha pulido ensimismada— en el bolsillo escondido de su vestido negro, cerca del corazón, justo sobre sus costillas, y trenza su cabello, que es largo y le roza la cintura. Está perdida en las evocaciones de su imaginación, tratando de darle forma a las margaritas mientras contempla la lluvia lánguida y leve caer sobre el pavimento, el azufre y la brea. Recuerda fugazmente que la gente del pueblo suele hablar con terror sobre el olor a azufre y brea, relacionarlo a un hombre con patas de cabra al que llaman diablo. Lo piensa, sin embargo, tranquila, porque después de todo, ella no cree en ningún hombre, y tampoco en ningún diablo.

El silbido irrumpe en el hechizo conjurado en su mente y lo ve llegar, con un sombrero grande, grande, un cinto en el que carga un machete y una cajetilla de cigarros. Hoy no es tan amable, y parece tener heridos sus pies, que están como siempre, al revés. El camino a la cueva es corto, han siseado algunas serpientes, están celebrando y ella lo sabe, las serpientes son siempre sabias. Sus zapatos de charol ya se han llenado de lodo cuando llega a la entrada de la cueva, y los ojos del Tin Tin son fuego y alambre. María José pasa sus dedos decididos sobre el corazón, el jade reluciente y afilado palpita inexplicablemente, ha llegado la primavera y la carcajada le brota labios afuera. Empuña la navaja transfigurada en piedra preciosa y le corre caliente y alegre la sangre por los dedos diminutos. Los alaridos dibujan lo que queda de la noche, y los pájaros no huyen, contemplan expectantes y extasiados, desde las ramas del Samango.

El camino a la cueva es corto, han siseado algunas serpientes, están celebrando y ella lo sabe, las serpientes son siempre sabias. Sus zapatos de charol ya se han llenado de lodo cuando llega a la entrada de la cueva, y los ojos del Tin Tin son fuego y alambre. María José pasa sus dedos decididos sobre el corazón, el jade reluciente y afilado palpita inexplicablemente, ha llegado la primavera y la carcajada le brota labios afuera. Empuña la navaja transfigurada en piedra preciosa y le corre caliente y alegre la sangre por los dedos diminutos. Los alaridos dibujan lo que queda de la noche, y los pájaros no huyen, contemplan expectantes y extasiados, desde las ramas del Samango.

Son las seis de la madrugada, María José tiene la cara surcada por pequeños ríos secos de carmín, y está fascinada: el color blanco de las margaritas es luminoso y sus tallos verdes son tan suaves. No pierden belleza frente al escenario, la carne desmembrada y el sombrero hecho pedazos. Arranca entre tres o cuatro, no está segura para nada, y camina, despacio, en monte abierto, casi bailando, convencida de que el mundo es un lugar repugnante, pero al menos, está vez, en esta vida, está a salvo.

Dayana Zambrano Ortega (24 años)

Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Casa Grande. Desde el año 2018 me he desempeñado como asesora en instituciones públicas, privado-educativas y, de forma voluntaria, en organizaciones de la sociedad civil, las causales de asesoramiento responden al enfoque de género y los derechos humanos. Investigo con metodologías centradas en las personas, con el propósito de generar procesos de transformación social transversales, interseccionales y colectivos. También estudio relatos con fines etnográficos.
 
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