Paola Salazar, estudiante de la Universidad de las Artes, volvió a conquistar un nuevo premio literario. Fue en el XV Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana y Latinoamericana “Alfonso Carrasco Vintimilla” de la Universidad de Cuenca y el galardón que obtuvo fue el primer lugar del concurso de relato “Efraín Jara Idrovo”. Su propuesta: el cuento “En la ría”.
La gala de premiación tuvo lugar el pasado 29 de mayo y en esta ocasión es la estudiante ganadora quien comparte en una crónica desde el viaje que realizó para la gala hasta su retorno a Guayaquil.
Primer viaje de ida a Cuenca
La carretera estaba llena de aquel humo blanco en el que me sumergí desde dentro de la matriz de la furgoneta. Era un humo frío y denso emergiendo como el aliento de un yeti. Provocaba aspirarlo de un solo aliento para llenarme el pecho de su color insano. Ese color silencioso, inocente y de tinieblas me hizo gelatina la cabeza, una muy dulce y color roja frambuesa.
Voy y me sigo yendo. No soy yo quien se mueve, pero me muevo. No soy quien, pero soy luego. ¿A dónde en realidad me estoy dirigiendo? ¿A uno de sus inevitables abismos? ¿Al estómago de un cetáceo que fornica y regresa a parir cerca de mis costras? Solo quiero avanzar sobre los baches de los caminos carcomidos. Recoger sus piedritas más bonitas y coquetas y llenarme los bolsillos. Devolverle la mirada hasta que nos estemos haciendo una sola contemplación. Esquivar niebla tras niebla sus bocas abiertas llenas de color verde brócoli que me seducen a su pasmada tranquilidad, y solo quiero pasar la vida entera distinguiendo sus hierbas siempre frescas, siempre frías, siempre nuestras. Me apetece tocar su blancura de neblina onírica mientras me acerco y me converjo al mismo tiempo, y todo lo demás se transforma en un diminuto y lejano punto negro. Y en esa distancia sigo estando yo.

La carretera Guayaquil-Cuenca y viceversa es como una diosa por ofrendar. Su inmensidad no me hace pequeña, ni un cuerpo a punto de convertirse en el sacrificio de su hambre gestante: me recibe de vuelta. Me baña y me viste de estelas. Me recuerda, abierta, que pertenezco en ella. Siempre aspiramos volver a la matriz. Volver a ser pececitos en un manantial de aguas amnióticas. Ser principios sin saber de finales. De pronto creo que todo “es”. Que estoy segura, protegida y bien vigilada por el ojo seco con catarata que nos devora enteros. Llena de agua mineral, lista para ser mezclada con ron o whisky, y con ganas ásperas de volver al vientre de la Mamá Tierra, llegamos al “Atenas del Ecuador”.
Pensamientos convulsivos en el hotel
Mi amiga Valeria ha salido con su hermano y yo me he quedado sola en el cuarto del hotel. Mis pies laten en una carrera lenta con el corazón después de recorrer el Centro Histórico por cinco horas sin parar. Mañana, 29 de mayo, es la premiación de los concursos del XV Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana y Latinoamericana “Alfonso Carrasco Vintimilla” de la Universidad de Cuenca, y siento miedo. Cierro los ojos y me invento más o menos lo que me espera: todo parece el meticuloso y cuidado montaje de un sueño ajeno. De pronto pienso si con la falda tendré frío, y en lo que dijo mi amiga Amaranta, sobre comprar unas medias. Pienso en cómo voy a peinarme mañana si he perdido autoridad con mi pelo. Pienso si tendremos tiempo de comprar más pan de un señor con canasta, porque si vas a la sierra, “el pan que debes comprar es de esos tradicionales”, rebota con sabiduría la voz de mi padre en mi cabeza gelatinada. Pienso si el evento concluirá más o menos a la hora programada de nuestra salida en furgoneta a Guayaquil. Pienso en el viaje de regreso, en el ojo con catarata que nos volverá a deglutir. Pienso en su garganta evanescente. Pienso en los pelitos que ya me han crecido en la barbilla. Pienso que ojalá me hubiera quedado un día más en Cuenca. Pienso “algún día”. Pienso en mi papá que está lejos. Pienso en mi madre que está aún más lejos. Hum. Hum. Pienso en silencio blanco un rato. Hum. Pienso en lo agridulce que es recibir el primer premio del concurso de relato “Efraín Jara Idrovo” en el fin de semana de aniversario de la muerte de mi madre. Hum. Hum. Pienso en silencio blanco otro rato más. Y otro rato más. Pienso en los anhelos y los suspiros. Pienso que me dijeron que Cuenca es más frío que Quito, y creo que es todo lo contrario. Pienso en la locura que es ver una ciudad nocturna con calles bien iluminadas. Pienso en las fauces oscuras de mi barrio en Guayaquil. En las pésimas videobloggers que somos Valeria y yo. Pienso que Valeria es mi Labubu, porque una vez viajé con ella y ya no la solté. Pienso y me río. Pienso que Valeria es muy valiente. Pienso cómo sería viajar con muchas de mis compañeras de la carrera de literatura. Pienso en la U. Pienso en los dos últimos años. Pienso cómo todo ha ido cambiando. Pienso en todas las risas que he estado reservando. Pienso en gratitud. Pienso que jamás creí que viajaría a la sierra dos veces en un año, y manifestando. Pienso: “oh, con que todo esto me esperaba del otro lado”.
Pienso con el corazón desacelerado. Pienso que debería dejar de pensar, que debo cerrar los ojos y suspirar, una vez más. Sospecho que Valeria pronto ha de llegar. Pienso que deberíamos salir a merendar.


Premiación en la Universidad de Cuenca
Mi cabello se enredaba con solo existir. Sudaba aunque el viento fresco me golpeaba. Valeria y yo llegamos a tiempo a la Universidad de Cuenca. En el auditorio de la Facultad de Arquitectura escondimos el bulto de nuestras maletas en un pequeño espacio en un muro a un lado de las butacas. A mis costados se sentaron otros escritores ganadores de los concursos y me devolvieron la sonrisa y el entusiasmo.
Las autoridades iban de un lado a otro como pequeñas avispas antes de depositarse en sus respectivos asientos en la larga mesa de conferencias sobre el escenario. Reconozco a Iván Petroff, presidente del XV Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana y Latinoamericana “Alfonso Carrasco Vintimilla”. El público llega de a poco. La mayoría son estudiantes y personas cercanas de los homenajeados.
El cuento “En la ría”, con el que gané el concurso, pasaba por mi cabeza en todo momento. La ceremonia empieza alrededor de quince minutos después de las once de la mañana. Fue precisa. Íntima. Encantadora. Cuando mencionaron mi nombre, una ola roja de emoción —casi tan roja como la blusa que cargaba— me inundó el rostro. Me puse de pie, nerviosa y feliz, y caminé hacia el escenario decorado de flores. El cartoncillo del reconocimiento era tamaño A4. Me divertí pensando en cómo nos ingeniaríamos Valeria y yo para llevarlo seguro durante el viaje. No hubo espacio para pronunciar un discurso, pero si hubiera podido, habría hecho público que dedicaba el premio enteramente a mi padre, agradeciendo su sacrifico y su apoyo. Que no estaría allí si no fuera por él. Que lo abrazaría fuerte de haber estado allí. Que solo pensaba en llegar a casa y entregarle el reconocimiento, su pancito tradicional y abrazarlo. Y agradecer a mi amiga Valeria Martillo por acompañarme y estar ahí para apoyarme.
Termina la ceremonia con calurosos aplausos y no hice otra cosa que abrazar a Valeria antes que nada. Me tomo la foto grupal con los miembros del Comité del Encuentro y los ganadores de los concursos. Coincido con Andrea Rojas, ganadora del premio César Dávila Andrade, y miembro del jurado del Festival Ileana Espinel Cedeño 2025, y le agradezco personalmente por haber escogido mi selección de poemas como la ganadora de ese año. Afuera del auditorio nos espera un brindis con vino. Valeria y yo brindamos, entre risa y risa, por el viaje, el evento, la amistad y la literatura.
Me voy despidiendo de Cuenca, feliz y agradecida por el recibimiento de la Universidad de Cuenca. Esa misma noche, ya en Guayaquil, abrazo fuerte a mi padre, le dedico el premio, pero, antes que nada, le doy el pan aplastado que lo pone a reír.
Texto y fotos: Paola Salazar Cubillo/estudiante de la Escuela de Literatura UArtes.







