El gesto final de la tarde no fue un aplauso, sino un regalo. Dalton Osorno entregó quince ejemplares de su libro más reciente, “Hasta que salga el cuento” (2024). Cada ejemplar estaba firmado y acompañado por un poema manuscrito, casi como una confidencia, titulado “Mira, movimientos de un zafado viajando”. No fue una dedicatoria protocolaria: fue un acto de circulación afectiva, una manera de recordar que el libro también es cuerpo, tránsito y memoria compartida.
A la cita que congregó al escritor ecuatoriano en la Biblioteca de las Artes, convertida en “País para cuentistas”, Dalton Osorno llegó con la serenidad de quien ya no necesita presentarse, pero con la lucidez intacta de quien sigue incomodando desde la palabra.
Poeta, narrador, crítico, maestro jubilado, el autor habló como escribe: sin prisa, con desvíos, con memoria. Y en ese rodeo apareció la ciudad. No como postal, sino como herida y camaradería. Recordó amistades fundacionales, noches de vino barato y afectos que sostuvieron la escritura cuando no había nada más.
La memoria se volvió archivo. Dalton confesó tener manuscritos originales que ni las familias de algunos escritores conservan. Textos que algún día prometió entregará a una revista, a una letra justa, a un lugar que los merezca. Nombró entonces a Carlos Rosa González, poeta guayaquileño fallecido en 2019, casi desconocido, pese a la grandeza de su obra. Habló de talleres internos, de amistades inmensas, de la vida precaria de un estudiante en París que atendía botes de noche porque la beca no alcanzaba. La literatura, otra vez, como resistencia silenciosa.
La conversación giró hacia la ciudad escrita. Cuando se le preguntó por lo barroco, Dalton esquivó las etiquetas con elegancia. Reconoció influencias: Quevedo, Rubén Darío, los modernistas, la literatura universal filtrada por traducciones. Admitió una dualidad que atraviesa su obra: lo popular y lo barroco, la república y la provincia. Dijo que la ciudad le llega como pueblo, pero le apasiona como provincia. Celebró las crónicas nocturnas y marginales, el lenguaje parroquial como herramienta estética, no como limitación. Ahí, en ese borde, se reconoce.


Hubo también un momento de lamento lúcido. Dalton habló de la pérdida de la oralidad bien enseñada: la gramática, la recitación, la lectura en voz alta, la pausa, la entonación. Recordó concursos en el parque Bolívar, maestras antiguas que sabían pronunciar y conjugar, madres que pagaban clases de declamación. Hoy, dijo: “se lee mal”, incluso en universidades. Y narró una escena reveladora: estudiantes incapaces de leer correctamente sus poemas, mientras una niña guayaquileña de 11 años lo hacía con precisión. Casa y escuela, insistió. Maestro y proyecto cultural.
Luego vino la lectura. Dalton no explicó el cuento: lo dejó respirar. Dijo apenas que se trataba de un investigador —sin revelar del todo el argumento—, alguien que desciende y, en ese descenso, deja de ser el mismo. Un pez, un hallazgo, una obsesión. El mar como archivo y como espejo.
La voz se volvió más lenta, más grave. La escena se abrió como una escotilla: …Bremer vio cómo la luz se transformaba en un destilado de azul profundo y luego en un resplandor incandescente: la noche más negra y, sin embargo, brillante. Peces de formas inverosímiles pasaban por la mirilla y él imaginaba bacterias vistas a través de un enorme microscopio. Alguien se había puesto a jugar con la creación.
La sala quedó suspendida. El descenso continuó como una bitácora científica atravesada por el asombro.
Treinta pies: enormes peces loro, manchados, de casi un metro.
Cuatrocientos pies: un pez largo como una lombriz, transparente, con los ojos como únicos órganos visibles.
Mil cincuenta pies: veinte peces hacha plateados.
Mil doscientos pies: un viajantus macho, de piel clara y sin dientes.
Mil trescientos pies: un pequeño calamar de cola crespa.
Alguien comentó que a veces nos quedamos “purgados por la novela”. Dalton sonrió. No negó nada. Pero dejó claro que el cuento sigue siendo una forma radical de conocimiento: breve, intensa, sin concesiones.
El diálogo llegó inevitablemente a la inteligencia artificial. Dalton no la rehúye, pero tampoco la idealiza. La usa como herramienta ortotipográfica, no como escritura. Se quejó de su torpeza, de cómo cambia palabras, de cómo no entiende los matices del francés o del italiano cuando los necesita para sus personajes. “Es una tonta útil”, sentenció, arrancando sonrisas. La creación, dejó claro, sigue siendo un acto humano, lento, exigente.
La tarde terminó sin estridencias. Quedaron los libros firmados, el poema doblado entre las páginas, la imagen del investigador descendiendo hacia lo desconocido. Y quedó, sobre todo, la sensación de que la literatura no se presenta: se comparte.
Larga vida al cuento. Y que la casa, cuando tenga que arder, arda de verdad.
Texto y fotos: Eleinn Rivera/Escuela de Literatura.







