Del libro, la lectura y el rol de la mujer en esos ámbitos trató Solange Rodríguez en jornada que celebró a los bibliotecarios

El 21 de febrero de cada año se celebra el Día del Bibliotecario Ecuatoriano y la Biblioteca de las Artes lo celebró con una jornada que inició con un taller, seguido por una conferencia y una mesa de diálogo. La docente y directora de la Escuela de Literatura, Solange Rodríguez, reconocida y galardonada escritora, brindó una ponencia sobre el libro, la lectura, las bibliotecas y el rol de la mujer en esos ámbitos; lo hizo cronológicamente, partiendo del siglo XII.

Anticipadamente, Solange se manifestó en sus redes sociales agradecida con la Biblioteca de las Artes por la invitación y contó que, además del tema señalado, reflexionaría sobre las mujeres y su vínculo con los libros, exposición que inició con lo que dijo era un concepto en apariencia distante: la práctica contemporánea de la lectura en voz alta y la lectura silenciosa, llevando al público a explorar la historia del libro como objeto.

En el pasado, anotó, la transmisión del conocimiento dependía casi exclusivamente de la oralidad. Esto se debía a que los libros –en su forma primitiva como papiros o tablillas de arcilla– eran bienes frágiles y escasos. “Pensemos en la biblioteca de Alejandría, la cual, a pesar de la destrucción causada por diferentes invasiones, no detuvo la transmisión del saber, pues se compartía principalmente a través del diálogo familiar o comunitario”.

Mencionó la frecuencia de asociar el concepto de cultura exclusivamente al libro y a la escritura, pero no fue el único medio porque antes de su predominio las historias se narraban y compartían oralmente. Rodríguez inició entonces una cronología, a partir del siglo XII. Entonces, los libros no formaban parte del hogar promedio y las familias más humildes dependían de la transmisión oral de historias e información.

Las familias adineradas, por su parte, poseían quizás un único libro que se leía en voz alta durante las noches, muchas veces por una mujer de voz melódica y calmada. Este libro, posiblemente heredado generación tras generación o entregado como parte de una dote matrimonial, podía estar escrito en latín o tener poca puntuación, lo que hacía su comprensión un reto. La lectura en voz alta resolvía esas dificultades.

Este ejercicio, indicó Rodríguez, era un acto comunitario, un tiempo compartido entre familiares y vecinos que fortalecía vínculos. En el presente, con tiempos marcados por una modernidad acelerada, frívola y frágil, el espacio para la lectura ha quedado reducido. Ante esa realidad han surgido grupos y comunidades que tratan de recuperar el espacio perdido. Las iniciativas en ese ámbito han incrementado, devolviéndonos a las antiguas prácticas comunitarias: reunirse para compartir historias o lecturas.

Reflexionó también en el concepto de lo femenino y su papel en la transmisión de historias y construcción de sociedades pasadas. Las mujeres han sido vistas como botines de guerra: arrebatadas, sometidas y transformadas en madres dentro de contextos que no eligieron. Sin embargo, incluso en esas circunstancias conservaron sus tradiciones y relatos.

Citando a Eduardo Galeano en “Memoria del Fuego”, indicó que, antes de escapar, las esclavas robaban granos de arroz, maíz, trigo, frijoles y semillas de calabaza. Sus cabelleras eran graneros; al llegar a refugios ocultos entre la jungla, sacudían sus cabezas y fecundaban la tierra libre. Una metáfora poderosa que conecta lo literal con lo simbólico: las semillas pueden ser granos físicos como historias y saberes que llevaban consigo.

A lo largo de la historia, sin embargo, las mujeres fueron sistemáticamente alejadas del acceso a la lectura y la educación debido a su rol tradicionalmente privado, pero hubo excepciones: mujeres eruditas que aprendieron a leer porque pertenecían a clases altas y sus padres valoraban cierta educación en ellas bajo criterios utilitarios: ayudaban a administrar asuntos domésticos o colaboraban con sus esposos. En algunos casos, recibían libros como parte de su herencia o dote.

En el siglo XV, las mujeres que tenían posibilidades y sabían leer guardaban libros secretos en cofres junto a perlas, cofías, arcillos y otras bisuterías, y cuando los recibían como herencia tenían que ver qué hacer con ellos. ¿Y qué se leía?, preguntó, respondiéndose: libros de caballería, misales, vidas de santos, tratados de filosofía, textos que cumplían el objetivo práctico de moldear a las mujeres en roles utilitarios. Siempre hubo quien rompiera las reglas y también se leían obras como “La Celestina”, considerada obscena para la época.

Añadió que de las mujeres que no contraían matrimonio ingresaban a conventos y al hacerlo debían aportar una dote, que en varios casos incluía libros heredados. Allí la razón por la cual los conventos se convirtieron en importantes centros de preservación de textos y, por ende, fuentes de conocimiento. Las lecturas allí eran principalmente espirituales y educativas, centradas en fomentar la virtud y el crecimiento personal: vidas de santos, escritos filosóficos y textos sobre moralidad o buenas costumbres conformaban el corpus habitual.

De este ambiente monástico también surgió el concepto de lectura comunal, un ejercicio colectivo que era común durante ciertas actividades, como las comidas. Solía haber un lector designado que leía en voz alta textos edificantes en un tono particular: monocorde, pausado y casi lírico. Su intención era inducir en quienes escuchaban recogimiento, concentración y serenidad; alcanzar un estado mental elevado y reforzar la paz interior.

Pero la idea de acompañar un trabajo con lecturas no es exclusiva del contexto monástico. Un ejemplo interesante es la tradición de los lectores en las tabaquerías cubanas. En las fábricas de habanos artesanales se compartían obras como “El conde de Montecristo”, de Alejandro Dumas, o “Romeo y Julieta” durante las largas jornadas de trabajo. Aunque al principio se cuestionaba esta práctica por temor a que afectara la productividad, ocurrió justo lo contrario: escuchar estas historias mejoró el ánimo general y fomentó un ambiente comunitario positivo.

En el siglo XVII, continúo la ponente, la alfabetización entre las mujeres era un fenómeno poco común, sin embargo, gracias a los conventos algunas mujeres lograron acceder al conocimiento y llegaron incluso a escribir, pero mientras algunas mujeres, privilegiadas y cultivadas se dedicaban a la producción intelectual, la mayoría era analfabeta y vivía rodeada de oralidad.

Ya en el siglo XVIII la situación comenzó a cambiar. Las mujeres, incluidas las poetisas, empezaron a ocupar un espacio más visible. Aunque la mujer ideal de esos tiempos debía ser ejemplar en sus funciones, especialmente en su rol de madre, se promovió que fuera lectora, ya que se consideraba que una madre educada criaría a mejores ciudadanos. Esto impulsó la alfabetización femenina entre las élites y las clases más populares.

En cuanto al acceso a bibliotecas, este también fue un ámbito históricamente negado a las mujeres. Las bibliotecas públicas comenzaron a aparecer hacia 1800, pero se les prohibía entrar. Fue gracias a ciertas iniciativas en Europa y Estados Unidos que se permitió su ingreso, convirtiéndose con el tiempo en usuarias activas. Más adelante lograron, incluso, trabajar como bibliotecarias, gestionando el acceso al conocimiento.

A partir del siglo XIX, las mujeres bibliotecarias comenzaron a ocupar un rol activo, organizando y administrando salas de préstamo destinadas inicialmente a ellas. Así se fue consolidando su participación en estos espacios culturales. A las bibliotecarias se les atribuían cualidades que los hombres no poseen en igual medida, como ser ordenadas, metódicas y silenciosas. Esto ha llevado a la percepción de que roles como el de bibliotecaria eran más “naturales” para las mujeres.

En el siglo XX, dijo Solange Rodríguez, las mujeres aparecen más, son más numerosas en las carreras de estudio de lenguas, por ejemplo. Y no solo por la presencia, sino por acceder a un estudio superior. “(…) También hay más escritoras, una consolidación más firme del rol femenino”, indicó, precisando que inició la conferencia hablando de mujeres herederas de libros. Compartió que en su caso, su padre, fallecido en 2019, le heredó aproximadamente 2.000 libros y que parte de la gestión que ha hecho en los últimos años ha sido ver qué hacer con ellos (en la foto que está sobre estas líneas, la imagen de las publicaciones que la docente y escritora contó le dejó su progenitor).

La directora de la Escuela de Literatura se despidió agradeciendo a los bibliotecarios y a lectores. Esta es su casa, señaló no como una frase trivial, sino por ser un espacio que es un refugio leer libros e incluso descansar, tomar agua, usar las computadoras…, un lugar de comunidad para la comunidad.

Texto: Carmen Cortez/Dircom. Fotos: Tyrone Maridueña/Dircom. Las imágenes corresponde a la intervención de Solange Rodríguez durante la jornada que se desarrolló por el Día del Bibliotecario Ecuatoriano.

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