Mayro Romero destaca selección diversa y sentido plural del Premio Nuevo Mariano Aguilera; está entre ganadores

Con una licenciatura en Cine, carrera de pregrado que cursó en la Universidad de las Artes, Mayro Romero respondió a la convocatoria de la sexta edición del Premio Nuevo Mariano Aguilera y se alzó como unx de los ganadores de una beca para proyectos de arte contemporáneo. El reconocimiento, en la categoría Creación Artística, lo recibió por “Hacia una autoetnografía queer sobre la ensoñación como escritura cinematográfica de la memoria, en algunas infancias trans de la Costa ecuatoriana”. Para conocer en detalle su propuesta y procesos, así como su sentir frente a lo obtenido, InfoUArtes le planteó algunas interrogantes; aquí sus respuestas.    

¿Cómo se dio su participación en el Premio Nuevo Mariano Aguilera, categoría Creación Artística? Como artista, me interesa que mi obra circule, que se mueva, que encuentre lugares donde pueda incomodar y dialogar. No me preocupa tanto si esos lugares son los más visibles o los más reconocidos. El Mariano Aguilera me interesó por razones muy concretas: el proyecto que estoy desarrollando requiere una escala que excede lo que puedo sostener solx[1], no en términos de calidad —mi trabajo siempre tiene exigencia, siempre tiene rigor—, sino en términos de dimensiones espaciales y materiales. Contar con un reconocimiento que apoya eso, que hace posible lo que de otro modo quedaría contenido o reducido, me parece políticamente coherente con lo que quiero decir con esta obra.

¿De qué trata su propuesta?, que tituló “Hacia una autoetnografía queer sobre la ensoñación como escritura cinematográfica de la memoria, en algunas infancias trans de la Costa ecuatoriana”
Al igual que toda mi obra —en cine, en artes visuales, en investigación—, para mí es fundamental hablar de las infancias trans[2] and maricas[3], siendo yo mismx una de ellas en su momento. Hay algo urgente en esta elección, y no es solo autobiográfico: estamos en un tiempo en que Ecuador no avanza, no cambia. Las infancias trans and maricas —las que fuimos y las que son ahora, en las generaciones que vienen— seguimos siendo las más violentadas en un país que ya es profundamente violento. No se nos cuida, no se nos protege. La cultura cisheterosexual nos persigue, nos violenta y nos esconde. Eso tiene nombre. Eso tiene historia. Y mi obra quiere hacerse cargo de esa historia que el Estado, la familia y la cultura dominante han decidido que no existe.

Esta propuesta pone en escena, desde el cine, la investigación y las artes visuales, fragmentos de mi propia infancia: una infancia trans crecida en la periferia, en la Costa ecuatoriana, que fue testigo de eventos de violencia profunda —la muerte, la deshumanización, todo aquello que la cultura cis y heterosexual ejerce sobre los cuerpos de las infancias trans—. Es un trabajo de memoria encarnada.

Lo que me llevó a plantearla fue la urgencia, que no es una palabra retórica: es una situación concreta. Existe una crisis profunda de artistas trans and maricas en Ecuador. Existimos —porque sí existimos, aunque a veces pareciera que el país entero trabaja para que no lo sepamos—, pero somos completamente apartadxs de los procesos, circuitos, espacios de reconocimiento. Y esto no es un descuido: es una política. Hablo explícitamente de los gobiernos que persiguen a las infancias trans and maricas[4] como si fueran el síntoma de alguna enfermedad social, como si nunca hubieran existido. Arrancándoles toda inocencia. Mi obra nombra eso.

Mi propósito, entonces, es también ocupar —y esa palabra es intencional— espacios que han sido históricamente monopolizados por artistas heteros y cis[5], cuya prisa constante por abarcarlo todo deja fuera voces que son, en realidad, las más urgentes, las más críticas dentro de la historia del arte y de cualquier pensamiento serio sobre identidades disidentes. El desarrollo cultural de voces verdaderamente críticas está latente en la producción trans and marica de este país. Y que el país lo ignore es una decisión política, no un accidente.

¿Los resultados se verán en una producción cinematográfica? Aún no lo sé, y esa incertidumbre es parte de la honestidad del proceso. Mi práctica transita entre el cine, la instalación, la investigación y el texto académico —y esas fronteras no me preocupan, me interesan—. Hay algo que quiero señalar aquí, porque me parece importante: existe un problema estructural en los estudios de cine, el archivo y la memoria en Ecuador y en la región, que es que esos campos han sido tristemente colonizados por personas que no son trans ni maricas, que asumen lugares y procesos que no les corresponden, expoliando[6] —apropiándose sin devolver— el conocimiento producido por nosotrxs. Yo quiero hacer ese movimiento al revés: que la teoría, la crítica, la práctica audiovisual vuelvan a ser nuestras.

¿Qué significa haber obtenido el Premio Nuevo Mariano Aguilera? Significa que las personas trans and maricas estamos tomando los lugares y espacios que la historia y este país nos deben. Es una deuda histórica, y este reconocimiento es una pequeña parte de la forma en que empezamos a cobrarla —para resignificar nuestras propias historias y construir una política más justa de las imágenes—. Estoy muy orgullosx de lo que significa esta sexta edición del Premio Nacional Mariano Aguilera.

No solo por el reconocimiento en sí, sino por lo que implica compartir este espacio con artistas trans como Mota Fajardo | Pachaqueer y Andrea Alejandro Freire | Drejanx —dos figuras fundamentales de las disidencias sexo-genéricas en Ecuador y América Latina. Que el premio más importante de arte contemporáneo del país tenga una selección tan diversa —con personas trans de distintas regiones y trayectorias— le da un sentido profundamente plural a este reconocimiento. Eso no es menor.

¿Tiene en la mira alguna otra convocatoria? Por ahora quiero enfocarme en el Mariano Aguilera. Como artista me exijo mucho en términos de concentración: cuando estoy en un proyecto, estoy en ese proyecto. Y también, en este momento, quiero dedicar tiempo a estar con mi esposo, que ha sido muy importante en mis procesos de creación —sobre todo en los espacios de escritura—.

¿Cuáles han sido los pasos que le han llevado a tener estas presencialidades? La constancia. La constancia conmigo mismx, ante todo. Siendo una persona trans no binaria, habiendo crecido en una familia en situación de empobrecimiento, en un contexto de violencia, en una cultura extremadamente machista, transfóbica y racista —entendí muy pronto que yo, Mayro Romero, siendo quien soy, no podría tener una vida de “normalidad”. Tampoco podría pensarme en la docencia o en cualquier trabajo institucional que requiera que alguien te excluya por existir, como hacen muchos espacios académicos e institucionales en Ecuador. Trabajo de la manera en que lo hago porque creo en mí. Porque si espero que una galería, una universidad de artes, un instituto de investigación “contra-hegemónico” crea en mí primero, me estaría reduciendo a lo que ellxs decidan que soy. Y yo soy mucho más que eso.

¿Cómo ve a la producción cinematográfica nacional? Siento que está estancada en una mirada que se vende como nueva, pero que sigue siendo la misma. El cine verdaderamente urgente lo están haciendo las personas racializadas, pobres, maricas and trans. No hay nada nuevo en que la gente con privilegios —que se asume, además, como la más desprivilegiada— ocupe un lugar de comodidad frente a ellxs que desde la escasez y lo poco hacen crítica verdadera a los gobiernos autoritarios, a la clase, al malestar que es el síntoma de esta generación. Eso es lo que está vivo en el cine ecuatoriano. Lo demás es decorado.

¿Cómo se ve en el ámbito de la cinematografía nacional y cuáles son sus perspectivas a nivel internacional? Seré sincerx: igual. Sigo haciendo cine porque yo lo pido constantemente, porque algo dentro de mí no puede no hacer imágenes. No me siento obligadx ni atadx a nada que no venga de ese lugar. Siempre con ganas de decir algo. Y mientras tenga algo que decir, voy a seguir.

¿Vive en las afueras de Otavalo por decisión personal o está relacionado con alguna producción? Estoy en Otavalo porque me da tranquilidad. La distancia me permite seguir con las cosas que quiero, sin la fricción constante de los circuitos que, muchas veces, consumen más energía de la que devuelven.

Texto y fotos: con la colaboración y cortesía de Mayro Romero, alumnus UArtes.

[1] En esta entrevista se emplea un lenguaje no sexista y neutro, reconociendo la diversidad de identidades. Sobre todo mi identidad como persona trans no binaria, por lo que se utilizan mis pronombres: ellx.
[2] Aquí el término “trans” se refiere a las personas que se identifica con un género distinto al asignado al azar, al ser un término paraguas dentro de ellas se encuentran las identidades transexuales, transgéneros y travestis, y estas a su vez pueden ser binarias (masculinas/femeninas) o no binarias.
[3] El uso del término “marica” en esta investigación responde a su reapropiación política en América Latina, distanciándose de una simple traducción de “queer” para enfatizar una genealogía disidente local, marcada por la clase y la resistencia a las normas de género y sexualidad desde la marginalidad.
[4] Los términos “infancias trans” e “infancias maricas” utilizados por el entrevistado hacen referencia a las experiencias de niñeces que desbordan las normas cisheterosexuales y binarias, ya sea por su expresión de género, afectividad, corporalidad o formas de habitar el mundo. No nombra una identidad fija, sino un campo de vivencias marcadas por el extrañamiento, la imaginación o la resistencia que muchas veces pueden ser leídas retrospectivamente desde la adultez.
[5] Personas no trans, ni maricas.
[6] Se usa “expoliando” para denunciar el despojo cultural que sufren históricamente las identidades trans y maricas: sus formas de vida, memorias, estéticas y saberes son extraídos, explotados o borrados por sistemas culturales hegemónicos que los desposeen de su autoría y dignidad.
[7] Mota, bruja andina, travesti radical, activista de performance reconocida por el Instituto Hemisférico de Performance y Política de la Universidad de NYC, seleccionada entre las 50 voces más representativas de la disidencia latinoamericana por VICE, becaria en el Leslie-Lohman Museum of Art de NY, e investigadorx de archivos de arte disidente en FLACSO Ecuador. Andrea, performer, escritorx, activista marica seropositivo, curadorx independiente, directorx de Las Maricas No Olvidamos, espacio dedicado a la sistematización, restauración y reivindicación de los archivos sexo-disidentes en Ecuador.

Comparte esta nota

Loading...