Este sábado 30 de mayo fue la primera de las cuatro visitas guiadas que la artista guayaquileña Charlotte Förster ha programado con el Museo Municipal de Guayaquil, donde recientemente inauguró su muestra «Lo que no se marchita». Estará abierta hasta el 27 de junio, señaló la alumnus de la Universidad de las Artes, invitando a la comunidad universitaria y al público en general a los próximos recorridos por su obra.
Estos serán: el 9 de junio, a las 10:30; el 13, a las 15:00; y el día de la clausura, a las 11:00. Aparte de los días y horarios mencionados, «Lo que no se marchita» puede visitarse en Museo Municipal guayaquileño también de martes a sábado, de 09:00 a 17:00.
En diálogo con InfoUArtes acerca de su obra, desde su concepción hasta su exhibición, Charlotte Förster indicó que una de las cosas más importantes de su proceso es que nunca trabajó desde la idea de perfección. «Todo fue muy abierto, muy vivo. Cada material reaccionaba de maneras distintas y eso hacía que cada pieza fuera también una sorpresa para mí. Había mucha curiosidad detrás de todo: entender cómo ciertos materiales podían contener algo tan frágil y efímero sin quitarle su sensibilidad».


Añadió que la muestra también cambió mucho desde su idea inicial. «Al comienzo imaginaba estructuras mucho más monumentales, especialmente el invernadero de vidrio. Con el tiempo entendí que no siempre es necesario que algo sea enorme físicamente para tener presencia o impacto. Siento que el proyecto se fue depurando hasta conservar solamente lo esencial».
Confiesa que existe también un cambio importante dentro de su trabajo. «Antes mis piezas estaban mucho más ligadas a mis recuerdos personales, a mi padre, a mi infancia o a experiencias muy íntimas. En esta exposición todavía existe ese origen afectivo, pero las obras ya no funcionan únicamente como contenedores de mi memoria, sino como espacios donde otras personas puedan habitar».
Eso es quizás lo que más espera de la muestra, admitió. «Que el público pueda reconocerse en ella. Que ciertas flores, materiales o atmósferas despierten recuerdos propios. Que alguien encuentre encapsulada una persona, una palabra, un momento o una sensación que creía olvidada. Me interesa que las personas puedan sumergirse en ese universo y sentir que lo cotidiano, lo frágil o aquello que normalmente pasa desapercibido también merece ser preservado, cuidado y monumentalizado».
En el recorrido por «Lo que no se marchita», instalada en la Sala de Arte Contemporáneo 2 del Museo Municipal de Guayaquil, el texto curatorial fue una invitación para conocer las apreciaciones de su curadora, la historiadora de arte Mónica Espinel, quien indica que en su práctica artística Charlotte Förster recupera fragmentos de sus memorias, los reconstruye y, a partir de ahí, los revive. Insiste en sostenerlos en el tiempo, tal como lo hizo en «Y con un huerto de verduras» (obra premiada en el Salón de Julio de Guayaquil, en 2025).
Del mismo modo, agregó Espinel, las obras de la licenciada en Artes Visuales por la UArtes «aluden al universo íntimo de la artista que transforma su nostalgia en energía viva e interpela al espectador preguntándole: ¿tienes algún recuerdo que se resista a desvanecer?».
Indica también que el milenario lenguaje de las flores, cargado de metáforas simbólicas, inspira a la autora de «Lo que no se marchita». Porque la flor simboliza. ¿No lo afirma Shakespeare cuando confiere una función casi humana a la flor? O Antoine de Saint-Exupéry, cuyo personaje –El Principito– declara: «¡Las flores son tan contradictorias!».
Ese vigor propio de todo ser viviente, el que da nombre a la flor «Siempreviva» (Helichrysum bracteatum) es también el que abre un camino para las piezas que aquí nos rodean. Observamos flores calcinadas y preservadas entre vidrios, fundidas en aluminio, o delicadamente atrapadas por un material orgánico como la cera: muchas de ellas han sido recogidas por la artista a lo largo de su vida.
Así, en la flor encapsulada resurge un recuerdo, y este perdura dentro de un contenedor simbólico que podemos ser, incluso, nosotros mismos. Los vestigios de una rosa, un lirio o un clavel se vuelven efigies de una persona, un espacio físico o un instante vivido. Con la fuerza de un diario, o de un archivo familiar, nos observan, nos invitan a no soltarlos, refiere Mónica Espinel.
El proceso creativo de Förster es tan laborioso como azaroso, y eso le permite entender fuerzas opuestas de la naturaleza como la fragilidad y el poder, y equipararlas con la acción humana. Tanto la raíz de un sauce como una mínima planta pueden levantar muros o romper pavimentos. Así como decoran y embellecen, también destruyen. El hombre, a su vez, tiene poder sobre plantas y flores, puede conservarlas y ayudarlas a crecer, pero también destruirlas.
Mónica Espinel concluye que las piezas expuestas guardan historias en las que nos reconocemos. Activan recuerdos y formas que permanecen, con la fuerza de la «Siempreviva». «Ahí la metáfora roza lo real».
Texto: Carmen Cortez/Dircom, con la colaboración de la artista Charlotte Förster/Graduada UArtes.







