Al primer piso de la Biblioteca de las Artes, ubicada en la esquina de Pichincha y Aguirre, llegaron con expectativa y curiosidad las y los participantes del taller “¡La casa arderá!”, convocados por el deseo de escribir, imaginar y dar voz a personajes desde un lugar más profundo. El encuentro se realizó en un espacio que, más que sala de lectura, se transformó en escenario creativo. La casa ardió sin fuego real, pero con una intensidad que solo la imaginación es capaz de sostener.
El taller creativo en mención se desarrolló en el marco de la XI edición de “País para cuentistas”, inspirado en el ejercicio de “La silla vacía” de Konstantín Stanislavski, trasladando una práctica propia de las artes escénicas al territorio de la escritura literaria.
La actividad estuvo a cargo de Paola Salazar y Ceci Cortez, ambas estudiantes de la Escuela de Literatura, quienes propusieron un ejercicio inspirado en dinámicas de las artes escénicas: “La silla caliente”. Desde el inicio, la metodología rompió con la idea tradicional de la escritura como un acto solitario, invitando a las y los asistentes a encender la imaginación a través del cuerpo, la palabra y la escucha atenta.
Aunque breve en tiempo, el encuentro se vivió con intensidad. La silla, ubicada al centro del espacio, se convirtió en un punto de tensión y posibilidad: allí se proyectaron presencias invisibles, personajes en gestación y voces que esperaban ser invocadas. El ambiente estuvo marcado por la concentración, el juego creativo y una disposición colectiva a dejarse atravesar por la experiencia.

Así, “La silla caliente” se consolidó como un ejercicio de exploración y quiebre, donde la literatura dialogó con el teatro y la imaginación encontró un lugar concreto desde el cual arder. Aquel encuentro comenzó con la proyección simbólica de una silla vacía. Un objeto sencillo, pero cargado de potencia evocadora. Esa ausencia material se convirtió en un quiebre inicial: la silla no estaba vacía, estaba esperando. La propuesta invitó a los participantes a romper la lógica racional y a permitir que la imaginación ocupara ese espacio, encendiendo el acto creativo desde lo sensorial y lo intuitivo para visualizar al personaje para luego plasmarlo al papel.
A partir de allí, se dio paso al diálogo con el personaje. Frente a la silla, cada participante fue convocado a invocar una presencia literaria desde su origen más profundo: no un personaje construido desde el argumento, sino desde la raíz emocional. La voz interior comenzó a hablar, a responder, a revelar silencios y contradicciones. El personaje dejó de ser una idea abstracta para volverse cuerpo, gesto y palabra.
La motivación central del taller fue aprender a crear personajes desde una fórmula sencilla llamada “experiencias”. El proceso se desarrolló en capas: primero, imaginarlo y otorgarle características físicas; luego, profundizar en sus emociones, sus miedos y deseos. Más adelante, se trabajó su motivación y propósito, aquello que lo impulsa a actuar dentro de la historia, así como su debilidad, su límite, esa grieta humana que lo vuelve creíble y complejo.
Un ejemplo conmovedor fue la Abuela Acuarela, una señora de edad muy avanzada y gran trayecto de experiencias inimaginables, dispuesta a relatar las aventuras de su juventud de la cual no acontece arrepentimientos, tanto así que está dispuesta a abrazar a la muerte cuando le llegue su hora, este personaje nace de la imaginación de una de las participantes e inspirado en su abuelita, plasmando una personalidad temeraria, inspiradora y activa, que es profundamente contraria a la personalidad de su autora.
Texto y fotos: Eleinn Rivera/Escuela de Literatura. Edición: Carmen Cortez/Dircom.







