Primero de mes

por Martín Torres (Cofrade XIX)

Foto: Martín Torres

Hay una diferencia específica entre una muerte natural y un asesinato, aunque se manifiesta de distintas maneras. El olor que impregna el cuerpo, en uno y otro caso, no es el mismo: estamos ante la vida que se apaga y la vida que es arrancada, ante la carroña y la víctima; dos caminos que no se pueden recorrer simultáneamente, pero todos los caminos llevan al final.

Ese olor terminará por mezclarse siempre con otros, sobre todo si uno toma en cuenta la pólvora quemada, el gas lacrimógeno, el humo de los disturbios, la grava por la que se arrastran a los cuerpos, el talco en los guantes de los paramédicos o la resignación de llevar dos cadáveres, en ambulancias diferentes, por caminos distintos a un lugar en el que ya no pueden hacer nada más por ellos que limpiarlos y meterlos en un congelador. La podredumbre no se puede detener, al igual que tampoco se detienen los trámites legales, el vacío en el estómago de quienes reconocen, al mismo tiempo pero en distintos lugares, a sus hijos asesinados por balas que viajaban en direcciones contrarias. El encuentro parecería imposible, había más de repetición que de sincronía, era el lugar desde donde todos los espejos se dan la espalda; dos olas encontrándose en medio del mar. Ambos, el excomisario y su esposa, reconocieron los cuerpos sin vida de sus hijos: un manifestante y un policía. Ambos sospecharon la conexión brevemente, pero ninguno dijo nada. Ambos habían perdido algo, algo similar pero distinto, dos veces y al mismo tiempo. Ahora estaban sentados, uno al lado del otro, mirando a un punto incierto, entre el micrófono del sacerdote y los asientos de la primera fila de la sala de velación.

El excomisario estaba al tanto de los distintos grupos que operaban en la ciudad. Sus superiores trabajaban con información de inteligencia que el gobierno distribuía todos los días por cualquier canal de difusión posible. Los últimos en esa lista eran el Frente Águila, la Cofradía y su contraparte, y la familia de Santa Cruz. Lo que no sabía era que esos datos estaban incompletos, eran contradictorios y, como suele suceder en los gobiernos de metrópolis fallidas, imprecisos. Su esposa, por otro lado, recordaba las conversaciones de días anteriores, lo que había leído en distintos medios, lo que le contaban los familiares y vecinos. La ciudad se había vuelto peligrosa y su hijo menor cada vez andaba en pasos más alejados de los suyos.

A pesar de que salieron por la mañana, uno para atender a los disturbios y otro para ver a sus amigos, sus hijos ya no contestaban sus teléfonos en la noche. Para cuando recibieron la primera llamada, la madrugada del primero de octubre, ya sabían que algo había salido mal. Les informaron que su primer hijo había sido abatido y que necesitaban que reconocieran el cuerpo y firmaran algunos papeles. Por suerte, el excomisario y su esposa estaban exentos de pagar los trámites de traslado: tenían muy buenas relaciones con las personas del Consejo Médico. Sin embargo, tendrían que pagar los costos para cubrir la tajada del abogado y la firma para sacar el cuerpo de la morgue sin que se estanque en el hondo pozo de la burocracia estatal.

Al colgar, le dijo a su esposa que su hijo estaba muerto: «murió cumpliendo su deber. Malditos salvajes. ¡Le dispararon a mijo! ¡Malditos bárbaros! ¡Lo van a pagar! ¡Lo van a pagar caro!», repetía, mientras su mano bajaba y subía por la espalda de la mujer, como tratando de aliviar en el cuerpo un dolor del espíritu. No podía dejar de pensar en el día en que el que su hijo se graduó de la academia. Los recuerdos le llegaban entre sollozo y sollozo, se confundían con su propia graduación, con la de su padre: lo que un día fue impulsado por la necesidad se había convertido en tradición familiar con los años.

La segunda llamada no llegó mucho después y entró al teléfono de la esposa, todavía cuando el excomisario se estaba poniendo un calentador viejo y se preparaba para salir. Su otro hijo estaba en la morgue de un hospital en la esquina de Alborada y José María. Encontraron su billetera, pero su celular había desaparecido. Impacto de bala. Debían reconocer el cuerpo y hablar con la policía, dadas las «inusuales circunstancias de lo sucedido». El llanto silencioso y la cabeza que, hasta ese momento asentía mirando al vacío, se detuvieron en seco. La esposa miró al excomisario meter la mano en el cajón de las medias para buscar un par y comenzar a palpar a tientas con más brusquedad. Vio a su esposo palidecer y regresarle la mirada: la pistola de cacha roja había desaparecido. «¿Qué circunstancias?», alcanzó a preguntar la esposa, pero nadie respondió. La llamada había terminado.

El excomisario salió en la camioneta que había comprado con su jubilación y su esposa se embarcó en un taxi. Los recuerdos de las horas siguientes entre los hospitales, las preguntas, las aclaraciones, las caras de vergüenza y pena de oficiales de policía obligados a callar, las influencias y el dinero enderezando trayectos chuecos, el uniforme viejo y el vestido negro, el radio apagado, el estacionamiento de la sala de velación, los saludos, los murmullos y la voz del sacerdote, se mezclaban con años pasados, tareas, primeros dientes caídos, paseos

familiares, días de escuela, chicas que apretaban las manos de sus hijos en la sala mientras conversaban avergonzadas con ellos, comidas e hitos celebrados, el sonido de pasos en toda la casa, horas largas, las primeras peleas por política, monedas para el bus, la academia, la universidad, las tortas heladas en las que se plantaban las velas como zarzas encendidas y apagadas enseguida, minutos interminables, disgustos, esperas, camisetas heredadas, zapatos nuevos, tardes doradas despedazándose en el calor de julio y la brisa fría de septiembre entrando por la ventana, segundos disueltos, sin sentido. Era demasiado.

La mano del excomisario y la de su esposa se aprietan mientras el sacerdote invita a los asistentes a «celebrar la vida de estos dos hermanos». El olor del asesinato se mezcla con colonia, perfume, bálsamos y silencio en el velorio. Nadie lo reconoce, pero todos saben que está ahí: es el paso de lo inevitable escapándose entre los dedos, el enlace sagrado y difuso entre la víctima y el victimario. El mes de octubre acaba de empezar.

Martín Torres, Quito, 1991. Cofrade XIX. Ha publicado El síndrome de mi entropía (2010) y Ciudad de concreto (2015) con editorial El Conejo. Ganador del XX Concurso Nacional de Literatura Luis Félix López, género Cuento, con Pequeña enciclopedia de seres incompletos (2019). Ha participado en varias antologías como El despertar de la Hydra (2017) y Ritornello Vol. 1 (2019). Miembro encubierto de la Cofradía.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*