Anticuerpos

por Gisell Reyes

Imagen por Gisell Reyes

Últimamente, el miedo es lo único que alimenta las horas.

* * *

Cuando la protesta llegó a mi ciudad, todo se sintió más real. Por algún motivo, desde la seguridad de mi casa, todo parecía lejano, irreal. Desde las pantallas de los celulares veíamos lo que sucedía y nos daba miedo.

Cuando era más pequeña y aún estaba en la escuela, un 30 de septiembre de un año que se escapa de mis recuerdos, el país se quebrantó. Tal vez ya lo estaba desde hace tiempo, pero era muy niña para prestar atención a cosas que no eran relevantes para mi entendimiento, solo me importaba sobrevivir a las clases de matemáticas y ver con quién me juntaba en los recreos.

Tal vez la primera grieta se marcó el mismo año de mi llegada, en el 99, poco después de los disturbios por el feriado bancario. Creo que hay una lista muy larga de síntomas que han flagelado la salud del nicho en que vivimos.

Ese 30 de septiembre se convirtió en el día en que no pude regresar a casa. Por primera vez, a mi corta edad, conocí el miedo de la incertidumbre. ¿Qué estaba pasando? No lo tenía claro. Solo sabía que tenía que hacer lo que me dijera mi padre. Tenía que irme con una de mis amigas a su casa y esperar a que me pudieran ir a recoger. ¿Por qué? Quería saberlo, pero nadie decía nada. Creo que todos luchaban por comprender lo que sucedía.

Yo solo lloré.

Lloré y, a pesar de que han pasado muchos años desde entonces, no tengo claro por qué lo hice. Tal vez fue la manera en la que me habló mi padre a través del teléfono, a kilómetros de distancia, desde su trabajo. La impotencia, la desesperación y el caos nos separaba, no solamente a nosotros dos. Ese fue el día que salí de casa y vi a mi madre y a mi hermano sin saber cuándo volveríamos a estar todos juntos en la calma y la seguridad de nuestra casa.

Solo pasé tres días sin ver a mi familia, en una casa ajena, viendo por la tele que la gente se estaba matando en las calles, que robaban en los locales, que el sistema esto, que las leyes lo otro. ¿Cuántas otras personas estuvieron separadas de sus familias? ¿Cuántos no pudieron regresar?

* * *

Cuando la protesta cruzó las barreras del Puente de la Unidad Nacional, que marcó siempre ese límite distintivo, todo se sintió real. Fue un déjà vu en un mes diferente. Fue la misma pesadilla que se cernió sobre las calles y develó los mismos síntomas de una enfermedad que ya había hecho metástasis. ¿Era en vano la lucha? No lo creo.

Esta vez no lloré.

Salí de mi casa y caminé a través del desconcierto para poder encontrar a mi hermana. Esta vez era ella la que no podía volver a casa. Junto a mi abuelo, pasamos por un desfile de rostros cansados que se habían embarcado forzosamente en una peregrinación para poder regresar a casa. Se había cerrado el paso para que los vehículos no transitaran y, desde un Guayaquil tan lejano, se caminó. Aún siento en los pies esa calidez efervescente del fuego abrasando las llantas en medio de las calles, el ruido estoico de la gente defendiéndose, buscando dónde esconderse porque el gas lacrimógeno desfilaba en el aire. Todo fue real. El miedo de la incertidumbre seguía siendo parte de mí, pero se mezclaba con una euforia de empatía por lo justo. Octubre era una herida latente.

* * *

En este nicho en el que vivimos, en el rinconcito de mundo que nos tocó, se había dilatado por mucho tiempo el silencio implantado por un tumor que aún no sabemos cómo exterminar.

Gis Reyes Calberto. @gis_calberto Escritora en proceso, estudiante de Literatura en la Universidad de las Artes. Participó en el Simposio Medardo Ángel Silva, en la V edición de Libre Libro con el texto Adiós al decapitado (2019). Creadora de Descompuestos y Narrativas profanas de la Descomposición; cofundadora de Miwa y propietaria de Caleidoscopia, espacio en el que se encuentran algunos de sus relatos.

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