Evocando el pensamiento del novelista, poeta, traductor y entomólogo ruso- estadounidense Vladímir Nabokov sobre la memoria y el valor de los detalles esenciales, el rector de la Universidad de las Artes, doctor Saidel Brito, ofreció a los graduados y graduadas de los programas de maestría de la Escuela de Posgrados un reflexivo discurso en el que los invitó a asumir la creación artística como un ejercicio de empatía frente a la polarización social, instándolos a rescatar los relatos omitidos y a mantener siempre una disposición constante al desaprendizaje.
La ceremonia de graduación de nuestra nueva cohorte de magísteres se desarrolló hoy, viernes 21 de agosto, en la Plaza Pública del MZ14 Centro de Producción e Innovación UArtes. El rector señaló que, aunque se celebraba el grado académico, lo que realmente se celebraba era algo mucho más difícil de nombrar: el tiempo que cada uno entregó para llegar a la meta.
También, las conversaciones que cambiaron las perspectivas de las cosas y los errores que terminaron enseñando más que los aciertos. “Celebramos, especialmente, aquello que ustedes lograron transformar porque eso es, en buena medida, lo que significa ser artista: transformar la experiencia en una forma que pueda permanecer”.
El rector UArtes hizo referencia al pensamiento de Vladímir Nabokov: “La memoria no es simplemente un archivo en el que guardamos imágenes del pasado. Recordar es reconstruir. Es volver a mirar. Es recuperar aquello que el tiempo parecía haber condenado a desaparecer”.

Nabokov entendió que la vida está hecha de detalles. No basta con decir: “recuerdo mi infancia”. La memoria verdadera aparece cuando podemos recordar la textura de una tela, el olor de una habitación, el sonido de una puerta, la luz que entraba por una ventana determinada, la temperatura de una tarde, el rostro de alguien que quizá ya no está. Son esos pequeños detalles los que consiguen perforar los muros del tiempo y creo que ustedes, como artistas y graduados de nuestro programa de maestrías, han aprendido exactamente eso”.
Han aprendido, añadió, a mirar aquello que los demás pasan por alto y a perforar el tiempo con creatividad e ingenio; que una línea puede contener una historia; que un color puede guardar una emoción; que un cuerpo puede convertirse en lenguaje; que una imagen puede decir lo que cientos de palabras no consiguen explicar; y que lo aparentemente insignificante puede contener lo esencial.
Indicó a los nuevos magísteres UArtes que recibían un título que lleva en las fibras de su impresión la enorme responsabilidad de mirar profundamente aquello que incomoda y duele; lo que se celebra o está desapareciendo. Ese universo que todavía no sabemos nombrar, porque cuando un artista mira verdaderamente algo, ese algo deja de ser completamente invisible. “En un mundo saturado de imágenes, de información y de opiniones, quizá uno de los actos más radicales que podemos realizar sea detenernos y mirar con atención. Vivimos, además, en una época profundamente marcada por la memoria. Las sociedades recuerdan sus heridas. Los pueblos recuerdan sus pérdidas. Y las familias recuerdan sus ausencias”.

También se planteó una pregunta fundamental: ¿Qué hacemos con lo que recordamos? Recordar puede ser una forma de comprender o convertirse en una forma de dividir. “Vivimos tiempos en los que nuestras emociones pueden ser utilizadas para enfrentarnos unos con otros. El dolor puede convertirse en instrumento político. Las heridas históricas pueden convertirse en combustible para la polarización. Y el narcisismo —esa necesidad de sentir que nuestro dolor, nuestra identidad o nuestra versión de la historia es más legítima que la de los demás— puede convertirse en una poderosa herramienta de manipulación. Nos pueden convencer de que para defender lo que amamos debemos odiar aquello que es diferente. Nos pueden hacer creer que quien piensa distinto es necesariamente nuestro enemigo”.
Y es cuando ocurre algo terrible, anotó Saidel Brito. Dejamos de conversar, de escuchar, de reconocer al otro como persona y una sociedad que ya no puede conversar comienza, poco a poco, a perderse. “Por eso creo que el arte tiene hoy una responsabilidad enorme. No está obligado a darnos respuestas, pero puede recordarnos que la realidad es más compleja que nuestros discursos, puede mostrarnos el rostro humano detrás de una cifra, puede devolverle una historia a quien se convirtió en estadística, puede permitirnos mirar el dolor del otro sin tener que convertirlo inmediatamente en una bandera y puede enseñarnos algo que ninguna polarización quiere que aprendamos: que podemos estar en desacuerdo sin dejar de ser humanos”.
Estudiaron arte en una época en la que las tecnologías permiten producir imágenes con una velocidad extraordinaria, indicó, señalando que producir imágenes nunca ha sido lo mismo que mirar y generar información nunca ha sido lo mismo que comprender. “Por eso, en medio de esta aceleración, el verdadero privilegio de un artista sigue siendo la capacidad de detener el tiempo. Quizá una de las funciones más profundas del arte sea decidir qué merece nuestra atención. Nabokov hablaba de los ‘detalles divinos’, aquellos pequeños acontecimientos que, aparentemente insignificantes, contienen una parte irrepetible de nuestra existencia. Ustedes han aprendido a encontrar esos detalles, ahora les corresponde compartirlos”.

En ese contexto, nuestra autoridad universitaria pidió a los nuevos magísteres no convertir su arte en un monumento a sí mismos. “No permitan que la creación se convierta únicamente en una forma sofisticada de narcisismo. El arte puede hablar de nosotros, sí, pero también debe ser capaz de sacarnos de nosotros mismos. Pregunten por las historias que quedaron fuera de los relatos oficiales. Sean capaces de preguntar por la belleza mientras cuestionen todo tipo de injusticias. Tomen todo lo que brote de la curiosidad —un recuerdo, una herida, una pregunta, un paisaje, un cuerpo, una palabra, un silencio— y para transformarlo en algo que pueda sobrevivirnos”.
A los graduados y graduados indicó que tras recibir el título que certifica lo aprendido, al salir de la Plaza Pública “lleven consigo la capacidad y la disciplina para volver a empezar. Quizá algún día, muchos años después, alguno recuerde esta ceremonia y lo más probable es que no recuerde exactamente las palabras que se dijeron. Quizá recuerde solamente una luz entrando por esa puerta o el selfie con una persona querida. Y si eso ocurre, si dentro de veinte, treinta o cincuenta años este instante vuelve a ustedes a través de un pequeño detalle, entonces habremos comprendido algo esencial: El tiempo puede llevarse casi todo, pero aquello que aprendemos a mirar con suficiente intensidad puede volver a existir”.
Luego de nuevamente felicitarlos, el rector quiso darles un pequeño consejo: “No descansen en desaprender todo lo que puedan, pues muchas veces es la mejor forma de volver a aprender”.
Edición: Carmen Cortez/Dircom. Fotos: Tyrone Maridueña/Dircom.







