En sus trabajos artísticos cada estudiante plasmó una historia, una que traspasó el sentido evaluador de una muestra de resultados para ser parte de un proceso que los llevó no solo a aprender y perfeccionar la técnica, el talento y el arte, sino a sanar. Sus propuestas fueron distintas, como distintos fueron los espacios expositivos a los que llegaron con sus obras de fin de semestre.
Instalación como tributo
Oscar Martínez fue uno de los seis artistas de la muestra colectiva “Assemblage: fragmentos que insisten”, correspondiente a la asignatura “Poéticas Pictóricas II” e inaugurada en el Taller de Procesos Creativos (primer piso del MZ14 Centro de Producción e Innovación UArtes). Al igual que varios de sus compañeros, sus familiares y amigos lo acompañaron. Padres, hermanos, sobrinos. Todos emocionados por el artista y el artista emocionado por tenerlos, en especial a la musa que lo llevó a realizar una instalación con su imagen: su madre.
De su proceso artístico, Oscar contó que trabaja desde la psicología pediátrica, retomando la infancia y la maternidad, pues para su progenitora, Mercedes Salvatierra, “le fue muy difícil criar a un hijo con una discapacidad física”. A medida que fue creciendo notó cómo a su madre le tocó llevar el peso y atestiguó los esfuerzos de quien señaló como un pilar importantísimo para la familia.
En la instalación que hizo en su honor destacó su imagen y varios aspectos que evidenciaran sus muestras de cariño. La trabajó con mucho color, pues es su característica. También trató de representar lo que la gente, tal vez, no ve: el aura. “Hay mucho color que no siempre son por alegría y conciliación; también, como en toda familia, hay roces, a los cuales igualmente le pongo color”.



Explicó que el entorno de la imagen de su madre es colorido, porque, aunque las fricciones son negativas subrayó que no es necesario mostrarlo con colores oscuros. Junto con su mamá, a quien señaló como el vínculo de toda su familia, Oscar representó a cada uno de sus miembros con piedras de yeso que fueron moldeadas y talladas manualmente por ellos mismos.
“Una de las piezas la trabajó una hermana que falleció el año pasado y a quien le dediqué también una instalación a la que titulé ‘Lluvia de ausencias’ y tuvo piezas suspendidas en el aire”, dijo Oscar con voz quebrada y ojos humedecidos.
Le tomó tres semestres desarrollar la propuesta, agregó rápidamente como tratando de esquivar a la nostalgia. De lo expuesto no quiso atribuirse todo el crédito, pues comentó que su familia aportó con ideas y el apoyo. “Mis limitaciones físicas no me permiten hacer las cosas como quisiera porque soy muy perfeccionista. Ellos me han sostenido para llegar a la meta, que es obtener la licenciatura en Artes Visuales; vamos rumbo a la titulación”, expresó agradecido con la Universidad de las Artes y sus seres queridos.
Un maltrato que lo marcó
En otra muestra colectiva –igualmente de fin de semestre, de la asignatura “Exploraciones de Poéticas Pictóricas II”, titulada “El gesto del cuidado e inaugurada en el Taller de Pintura (primer piso del edificio Tábara)–, Reimon Mendoza presentó un videoarte y una performance de su proceso creativo. Para lo segundo, el artista estudiante llevó pintura, correas con sus respectivas hebillas y un látigo de cuero de vaca y una pata de conejo colgando.



Sus obras, dijo, componen una colección sustentada en lo que ocurre con las infancias latinoamericanas, específicamente del trato que reciben en Guayaquil muchos niños cuya orientación sexual no es aprobada por sus padres. “Lo llaman mal comportamiento o desvío y para corregirlos utilizan ciertos métodos: latigazos para reprimir y castigar”, anotó sustentado en su propia experiencia.
“De pequeño se me castigaba no solo con el látigo, me quemaban los dibujos y obras que me podrían haber servido en la actualidad o me hubieran ayudado a tener más herramientas de mi arte”, agregó. Lo experimentado en la niñez le dejaron heridas físicas y emocionales, las cuales, si bien las ha ido sanando, refleja en sus cuadros.
A lienzos tensados en bastidores de madera de dimensiones variadas, Reimon reproduce los azotes con las correas y látigos de cuero de vaca que uno a uno y hasta agotarlos pinta especialmente de rojo. La acción parecería repetirse, pero la realidad es que cada una tiene una fuerza distinta, explicó.
Varios también son los lienzos que tensa en los cuadrantes de madera, asemejando así las varias “capas de ropa” que Reimon y sus hermanos se ponían de pequeños para recibir el latigazo. “He hecho a todos los cuadros la misma acción, como devolviendo lo que a mí me hicieron de pequeño”, manifestó, reconociendo que los latigazos a veces son imparables y terminan lastimando, hiriendo, rompiendo.
En sus cuadros, el o los lienzos se notan resquebrajados y estropeados. ¿Y cómo queda Reimon al concluirlo? “(…) Muchas personas dicen que me ayuda a sacar la rabia, yo creo que me ayuda a separarme de esos momentos en los que me encierro o quedo aislado”, respondió y aclaró que a la exposición colectiva en el Tábara no solo llevó una propuesta con un método de experimentación, sino su historia y la de muchos niños en Latinoamericana.
Texto y fotos: Carmen Cortez/Dircom.







