Para Michael Medina Chalco, ahora egresado de la Escuela de Literatura y próximo a recibir su título de licenciado, haber cursado sus estudios en la Universidad de las Artes fue más que una meta académica alcanzada. La UArtes fue un lugar de descubrimiento personal y colectivo, señala y en esta entrega comparte, en primera persona, el tema que propuso y desarrolló para tesis de grado.
La tituló “Onironautas en la Perla del Pacífico” y se constituyó en un testimonio desde el espacio íntimo hasta la integración de los ciudadanos. La sustentó el pasado 28 de agosto ante un jurado compuesto por los docentes Johnny Guerra, María Paulina Briones y Fernando Montenegro, su tutor. Aquí el artículo de Michael Medina Chalco:
Escribo con la satisfacción de haber culminado mi formación académica en la Universidad de las Artes. Al defender mi tesis cerré una etapa en la que aprendí que la literatura del género fantástico no es solo un ejercicio de imaginación, sino una herramienta de memoria, reflexión y transformación social”.
Mi proyecto creativo nació de una pregunta: ¿qué pueden enseñarnos los sueños sobre la vida cotidiana y la identidad de una ciudad como Guayaquil? Así surgió la colección de cuentos “Onironautas en la Perla del Pacífico”, donde el mundo onírico se convierte en metáfora de los conflictos personales y colectivos.
El protagonista, Morfeo Valverde, un dios de los sueños reinventado con apellido colonial, fue el hilo conductor para explorar realidades internas y externas. Cada relato hablaba de personajes rotos por la desigualdad, la migración, la corrupción o la violencia, pero también de cómo los sueños se convierten en fuerza y esperanza. Mi intención fue que la ciudad y el mundo interior de los soñadores se reflejaran como espejos cambiantes, tan frágiles y tan firmes como la vida misma.

Guayaquil, además, es una ciudad que en sí misma puede parecer random, ilógica o surrealista, como un sueño. Lo cotidiano se mezcla con lo extraordinario en eventos culturales como la Feria Internacional del Libro, el Comic Con o el Tattoo Fest, espacios donde familias enteras —abuelos, padres e hijos— conviven alrededor de narrativas simbólicas. Esa fusión de lo real con lo fantástico hace de Guayaquil un escenario ideal para hablar de sueños, porque lo variable y lo inesperado también son parte del universo onírico.
“Onironautas en la Perla del Pacífico” significó sumergirme en un lenguaje que combine lo simbólico con lo popular, lo poético con lo cotidiano. Quise que cada cuento fuera un espacio donde el lector se sintiera parte de la ciudad y, al mismo tiempo, de un mundo fantástico surgido de los sueños. No buscaba crear un manual de interpretación onírica, sino una experiencia literaria abierta, escrita como se sueña: con imágenes, contradicciones y metáforas.
El día de la defensa sentí nervios, al exponer mi trabajo ante mis maestros. Sin embargo, pronto se transformó en orgullo y gratitud. Bajo la guía de mi tutor Fernando Montenegro, junto a los jurados María Paulina Briones y Johnny Guerra, confirmé que la tesis debía ser tanto investigativa como creativa. Antes de iniciar mi defensa, me sentí respaldado por palabras de convicción y porque la literatura es también un acto transdisciplinar.
Bitácoras del sueño y archivo diario, fuentes creativas
El origen de mi proyecto se remonta al año 2016, cuando hallé una hoja suelta fechada en 2011. En ella había descrito un sueño que, sorprendentemente, coincidía con vivencias de mi presente. Desde entonces comencé un registro disciplinado de mis sueños, que con el tiempo dio lugar a doce cuadernos escritos a mano entre 2016 y 2019. Ese archivo onírico personal se convirtió en el germen de mi tesis.
Mi método era simple, pero revelador: antes de escribir un párrafo hacía un dibujo de lo soñado, sin importar si era lógico o surrealista. Luego describía colores, lugares, objetos, rostros familiares o desconocidos. Poco a poco, estas páginas se transformaron en un laboratorio narrativo. Allí encontré gestos, atmósferas y símbolos que luego trasladé a mis personajes y escenarios. Morfeo, el dios narrador de mi obra, y los animales recurrentes en mis relatos —perros, aves, reptiles— nacieron de esas anotaciones y bocetos.
En esos registros también me inspiré en arquetipos como José, el intérprete de sueños del Génesis, o John Smith, de “La zona muerta” de Stephen King. Sus historias me recordaron que los soñadores son muchas veces incomprendidos o marginados hasta que sus visiones se vuelven útiles para la sociedad. Esa tensión entre revelación y rechazo marcó el carácter de mis protagonistas.


Durante la pandemia del Covid-19, estas bitácoras cobraron aún más fuerza. Practiqué ejercicios comparativos entre lo vivido en el día y lo soñado en la noche. Intervine narrativamente mis propios sueños: les añadía finales, los reescribía con metáforas o anáforas, y a veces los convertía en fábulas. También construí collages con entradas de cine, cartas, recortes de revistas o facturas, una estética del archivo que unía lo cotidiano con lo onírico. Con el tiempo, esas prácticas se transformaron en talleres de escritura creativa, donde los sueños dejaban de ser pasivos y se volvían guías para la creación.
Prácticas profesionales y proyectos de vínculo
La Universidad de las Artes es para mí más que un espacio académico: es un lugar de descubrimiento personal y colectivo. Allí aprendí que la literatura dialoga con el teatro, con la crónica, con la pedagogía y con la vida misma. Cada clase me enseñó que escribir no es un acto solitario, sino un puente hacia otro camino del arte y de la historia.
Mis maestros me transmitieron la importancia de investigar con rigor, pero sin perder la chispa creativa. Mis compañeros y colegas de otras carreras me mostraron la fuerza del trabajo en conjunto y el valor de la diversidad artística. Hoy reconozco y agradezco a cada docente y amigo que me acompañó en este trayecto: a ellos debo buena parte de mi voz como escritor.
Lo aprendido en las aulas se fortaleció en los proyectos de vinculación y en las prácticas profesionales. En el informativo InfoUArtes, bajo la guía de la periodista Carmen Cortez, descubrí la riqueza de la crónica cultural y la importancia de contar lo que a simple vista pasa desapercibido en un evento artístico. Aprendí a narrar desde la empatía y la reflexión, a no quedarme solo en la superficie.



En mis prácticas de vinculación con la comunidad, a través del proyecto Bibliotricimoteca Vol. 3, liderada por el director Marcelo Leyton, confirmé que la literatura es una herramienta de transformación social. Con niños, jóvenes y adultos mayores compartí talleres de escritura, lectura y creación. Vi cómo un cuento infantil podía despertar la curiosidad de un niño, cómo un poema podía provocar la emoción de un adulto mayor y cómo una actividad creativa podía unir generaciones. Esos talleres me enseñaron a escuchar, a ser empático y a ponerme en los zapatos de los demás.
Allí confirmé que la literatura de autoras como María Fernanda Heredia o la narrativa de Gabriela Alemán no son simples ejercicios de lectura: son historias que permiten a los jóvenes valorar la voz femenina, a los niños acercarse al hábito de la lectura y a las familias reconocerse en la fuerza de la palabra. También recurrí a la poesía de José Martí para fomentar integración ciudadana y valores comunitarios.
El cierre de una etapa
Hoy cierro una etapa, pero no es un adiós. Me voy con la certeza de que ser escritor implica estar siempre en formación, en diálogo con los lectores y con la sociedad. Prometo seguir preparándome día a día, abrirme a nuevas disciplinas como lo estoy haciendo en un colectivo teatral creado por el director Jonathan Tacuri, llamado el Teatro de la Polisofía. Juntos escribiremos nuevas historias que aporten a la reflexión y a la libertad de expresión. Y aspiro a algún día retornar a la Universidad de las Artes para cursar una maestría. Quiero volver no solo como alumno, sino como alguien que respeta, valora y honra a sus maestros y compañeros, porque ellos fueron parte esencial de mi formación.
Me llevo de la universidad una consigna que guiará mi vida profesional: ser un embajador de la verdad desde lo ficcional y lo vivencial, difundir nuestra cultura y valorar nuestra sociedad, pues creo en el poder del arte y la educación para transformar vidas.
Así como mis onironautas encuentran en sus sueños la fuerza para volver a la ciudad y enfrentar sus desafíos, yo también inicio mi viaje del retorno. Seguiré recorriendo caminos creativos, convencido de que siempre habrá nuevas formas de contar una historia. Que el arte y la educación caminen de la mano, que los espacios públicos sean testigos de nuestro crecimiento y que la literatura siga siendo un puente entre los ciudadanos y sus propios sueños. Gracias a todos, gracias UArtes.
Texto y fotos: Michael Medina Chalco, egresado de la Escuela de Literatura UArtes.







