Un encuentro de comunidades para mostrar resultados de las primeras residencias de “Bibliotricimoteca”

Parecería un trabalenguas, pero la unión de las palabras “biblioteca” y “tricimoteca” que da como resultado “bibliotricimoteca” hace referencia a esa biblioteca itinerante que es comunitaria y que, al igual que el vehículo en referencia, se desplaza hacia sitios y territorios donde otros no llegan.

Marcelo Leyton, docente de la Escuela de Artes Escénicas, es el creador y director de esta propuesta, que el pasado 28 de mayo congregó en la Sala Ría de la Biblioteca de las Artes a tres comunidades que se entrelazan: la participante, la invitada y la de estudiantes, quienes, en sus prácticas de Vinculación con la Comunidad de la UArtes, ejecutan la propuesta a través de los talleres que imparten.

Justamente, la cita del 28 de mayo tuvo como propósito compartir sus experiencias como talleristas de danza, dibujo y teatro en Montalvo, provincia de Los Ríos, y Flor de Bastión, en Guayaquil. Los resultados de la residencia en las comunidades mencionadas, fue lo que mostraron, buscando con ello motivar a otros estudiantes de la UArtes a participar en el proyecto.

“Se expusieron los trabajos hechos en comunidad, así con los testimonios de los habitantes y de los propios estudiantes”, contó Leyton, destacando de que se trató de un primer acercamiento, recogido incluso en un video. “El proyecto tiene dos momentos. En marzo, la residencia, en que vamos, vivimos y convivimos con la comunidad, a fin de crear estas necesidades del arte, de compartir estos espacios formativos artísticos y de poderlos extender durante todo el año”. El segundo momento, la exposición, el mostrar.

Para trabajar en comunidad hay que hacer comunidad y las artes son la mediación para lograrlo y, al mismo tiempo, ir tejiendo entre una comunidad y otra, agregó Leyton. Fueron seis los estudiantes que hicieron su residencia en Montalvo y cuatro los que estuvieron en Flor de Bastión.

Las experiencias de los alumnos talleristas en residencia

De la experiencia, el estudiante Miguel Pincay, de la Escuela de Literatura, itinerario Edición y Creación, anotó que del 14 al 25 de marzo desarrolló en Montalvo un taller que buscó incentivar la lectura con procesos de aprendizaje ligados al manejo de la oralidad, los dibujos y la creación de oraciones, y que llevó a los niños participantes a poder contar historias propias a través de marionetas.

Su compañera de carrera y del taller, Ana Belén Varela Ávila, quien cursa el sexto semestre, itinerario Pedagogía, detalló que participaron chicos de 13 a 17 años. El eje de aprendizaje que se plantearon fue la literatura ecuatoriana, dividida en géneros a través del cuento: terror y gótico, ciencia ficción, fantástico, costumbrismo y realismo, y vanguardia. No obstante, “en el camino tuvimos que repensar todo el taller, pues llegaron niños y niñas que apenas aprendían a leer y escribir”.

Esto los orilló a pensar en nuevas metodologías de trabajo para seguir con la idea central de lectura y creación de cuentos, pero ya desde otra mirada. “Nuestros talleres se destinaron a dos jornadas, con el fin de aprovechar la estadía y tener un mayor alcance. Por las tardes solo una niña cumplía con nuestro rango de edad y con ella trabajamos toda nuestra primera planificación”. Poco a poco, añadió, fueron moldeando su esquema de trabajo para llegar con sus necesidades tanto lectoras como de escritura. “Con ella siempre quedé muy sorprendida porque iba mucho más allá de lo explicado en clase, creando en nosotros la idea de que fue quien nos enseñó a enseñarle”.

En su relato, Varela indicó que durante la jornada de la mañana tuvieron casos particulares de niños con asperger, quienes les mostraron la necesidad de crear espacios didácticos y creativos con ellos. “También descubrimos lo duro, en algunos casos, de volver a la presencialidad, pues teníamos a un padre que asistía a los talleres con su hijo, porque este no podía estar en un espacio donde no sintiera su presencia. En otro caso trabajamos con un niño que en uno de los talleres recordó que su mamá había fallecido durante la pandemia”. Esta situación los llevó a aprender a ser empáticos y cuidados con sus realidades personales.

En lo personal, dijo Varela, se encariñó con cada uno de los niños que asistieron a los talleres, ya sea por una ocasión o varias. “Me mostró lo multifacético que es el trabajo en comunidad. Los talleres no consistieron en un trabajo único y directo con los niños, porque también fue con los padres que los acompañaban y platicaban con nosotros de cómo sus hijos les pedían regresar día tras día a los talleres. Fue con la comunidad que, en poco tiempo, se fue aprendiendo nuestros rostros, precautelando nuestra seguridad y sugiriendo lugares a los que debíamos asistir en nuestros ratos libres, nos invitaban a conocer Montalvo”.

Myriam Carbo dio junto a Maite Orrala y Sandy Villalba un taller de teatro en Flor de Bastión, en la Fundación Nikols, cercana a una escuela, que prestó sus instalaciones. Tuvo dos semanas de duración y, así como les sucedió a Pincay y Varela, tuvieron que hacer cambios, pues estaba planificado para adolescentes, “pero las necesidades de la comunidad fueron otras y asistieron muchos niños de 5 a 12. La comunidad se mostró muy agradecida con nosotros. Compartimos juegos teatrales que van más allá de lo lúdico… Muchas madres creían que les íbamos a enseñar qué era actuar o cómo hacerlo, pero le dimos herramientas básicas del entrenamiento corporal, vocal y yoga. Hubo un encuentro armonioso”.

También impartieron teoría básica del teatro. “Tuvimos dos niños con cargas familiares fuertes, como uno de 5 años que quería irse a su casa porque tenía que ayudar a su mamá a trabajar. Tratamos de hacerles olvidar lo que sucedía fuera del espacio de entretenimiento y se adentraran a otro mundo, de diversión, de que todo es correcto, de que equivocarse estaba bien, de que todo se aprende. Los niños y niñas empezaron a tener disciplina, incluso con la puntualidad. Demostraron mucho potencial en cuanto a la improvisación, a la imaginación”.

Carbo, Orrala y Villaba compartieron con la comunidad lo aprendido en la universidad y en la vida. “A utilizar herramientas pedagógicas porque no todos los niños y niñas recibían el conocimiento de la misma manera. Notamos que la comunidad era bastante unida, pero el sentido del teatro lo asimilaban únicamente para la televisión. Les enseñamos que también estaba en las tablas, hicimos títeres, un collage donde ellos tenían que dibujar, recortar y pegar, plasmar en la hoja lo que ha sentido dentro del taller, fueron dos semanas muy cortas, pero tratamos de compartirle lo más necesario, incluso del estudio que realizamos”.

En imágenes, los alumnos UArtes en los talleres de las residencias en las que participaron y en el encuentro que mantuvieron en la Sala Ría, de la Biblioteca de las Artes, para contar sus experiencias en territorio.

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