Interpretada por la décimo tercera generación de estudiantes de la Universidad de las Artes, en la Plaza del Artista, ubicada en la calle Panamá (centro de Guayaquil), se presentó los días 6 y 7 de agosto la obra “Queda el toque”, un proyecto de intervención en el espacio público que emitió “una alerta danzada en estado de inquietud”, como se anunció desde la Escuela de Artes Escénicas y en las cuentas de Instagram de las carreras de Danza (@danza_uartes) y Creación Teatral (@creacionteatraluartes).
“Cuerpos que resisten, memorias que quedan y lo que la violencia no pudo robar”, son palabras que resonaron en cada uno de los movimientos y expresiones de sus intérpretes. Frente al miedo, la sospecha y la violencia que marcan el habitar contemporáneo en la ciudad porteña, los estudiantes de la UArtes plantearon una reflexión física y emotiva sobre el contexto urbano actual.
Dirigida por la docente Carolina Pepper, “Queda el toque” no buscó representar personajes ni hechos específicos, sino encarnar desde los cuerpos situaciones latentes en la memoria colectiva. Estos cuerpos atraviesan la ciudad como un territorio minado. Caminan, esperan, observan, aceleran el paso. Parecen cumplir acciones de la cotidianidad más común: regresar a casa, cruzar una esquina, conversar, mirar el celular, detenerse ante una vitrina. Sin embargo, algo invisible habita el espacio.

Justamente, el proceso creativo surgió de las vivencias compartidas en torno a la inseguridad y las restricciones impuestas por el entorno, pensando en el toque de queda como un símbolo de aquello que nos hace detenernos, retenernos y mantenernos en un solo lugar. Ante esa parálisis provocada por el contexto social, la obra contrapone una salida desde el afecto y la colectividad.
En escena, sus intérpretes transformaron la calle en un laberinto donde escapar parece imposible. Recorridos que se interrumpen, caminos que se cierran, esquinas que se convierten en trampas. El secuestro, el robo y la violencia aparecen no como representación literal, sino como huellas inscritas en los cuerpos: sobresaltos, estrategias de supervivencia, mecanismos de defensa y formas de resistencia cotidiana.
A medida en que la obra avanzó, el miedo se volvió colectivo. Lo que inicialmente parecía una experiencia individual reveló una dimensión social. Los cuerpos descubrieron que la única escapatoria posible no era la huida solitaria, sino la construcción de vínculos. Allí donde el peligro fragmenta surgió la necesidad de acompañarse. Allí donde la violencia buscó aislar, emergió la potencia de la comunidad.
En sus momentos finales, “Queda el toque” desplazó la narrativa del terror hacia la reivindicación de la vida. Los intérpretes ocuparon el espacio público con decisión y vulnerabilidad, recuperando la calle como lugar de encuentro, memoria y posibilidad.

En suma, “Queda el toque” se presentó como una pieza de danza para espacios abiertos que explora la inseguridad, la violencia y la supervivencia desde una perspectiva poética y política, proponiendo que frente a los mecanismos que producen aislamiento, el cuerpo compartido sigue siendo un territorio de resistencia y esperanza.
En orden del 1 al 6, participaron como sus intérpretes: Solange Jiménez, Sara Restrepo, Luisana Peñafiel, Selene Requene, Ángelo Méndez y Briggite Sosa, de séptimo semestre de la carrera. Mario Correa estuvo a cargo de la producción y también fue operador de luces; Juan José Ripalda y Kevin Prado, de la música; Luisana Peñafiel, del vestuario; Sara Restrepo, de las redes; Yull Castillo y Marco Peña brindaron asistencia en producción y técnica. Todos cursan el séptimo semestre de Danza y han manifestado entender el cuerpo como un espacio de memoria, resistencia y reflexión, y que su proceso creativo surge a partir del trabajo colaborativo, la investigación corporal y la exploración de experiencias cotidianas que atraviesan nuestra realidad.
Como colectivo, los estudiantes se conformaron en 2022. Inicialmente eran trece, provenientes de diversas experiencias en danza. A lo largo de la formación académica y artística, el estudio de las prácticas del cuerpo en movimiento permitió unificar conocimientos, fortalecer las habilidades individuales y consolidar un lenguaje común. Con el paso de los semestres, el grupo se transformó en un núcleo estable de seis integrantes comprometidos con la creación colectiva.
En 2024 realizaron las primeras muestras de creación coreográfica, explorando diferentes formatos y roles dentro de la composición. Paralelamente, definieron sus perfiles profesionales entre la interpretación y la pedagogía, destacándose en el grupo una fuerte vocación por la enseñanza y la mediación artística.
Texto: Carmen Cortez/Dircom, con la colaboración de Mario Correa, productor de “Aula Escena” que también facilitó las imágenes.







