“Manglares”, la muestra fotográfica de Diego Falconí que recupera la memoria viva del Cerrito de los Morreños

“Manglares” se inauguró en el marco del XXVII Congreso Internacional de la Asociación de Ecuatorianistas, del cual la Universidad de las Artes fue su sede y coorganizadora. La cita académica se desarrolló del 16 al 19 de junio, pero la exposición del cineasta y fotógrafo Diego Falconí Averhoff, docente UArtes, permanecerá abierta hasta finales de este mes mostrando en imágenes ecosistemas que sostienen vida, cultura y memoria.

Son 30 de las innumerables fotografías que Falconí hizo para el proyecto de investigación que lo llevó a adentrarse en la comunidad rural y pesquera Cerrito de los Morreños, aquella que el escritor Demetrio Aguilera Malta menciona en su novela “Don Goyo”, publicada en 1933; aquella donde se captura el crustáceo que tanto deleita a muchos; aquella que el mismo autor comentó haber visitado cuando tenía la edad que ahora tiene sus estudiantes, impactándolo de tal manera que le quedó como tarea pendiente regresar para retralarla.

La docente Tamara Mejía, de la Escuela de Literatura, es la curadora de “Manglares”, y el texto curatorial que elaboró para presentar una exposición que no solo la convocó a ella, sino a docentes de la misma Escuela de Cine donde Diego Falconí da cátedra y de la Escuela de Artes Visuales, transformándose en un trabajo conjunto e interdisciplinario.

Diego Falconí junto a Tamara Mejía y el libro álbum que es parte de la muestra. Sobre estas líneas, el cineasta y fotógrafo en el acto inaugural de “Manglares”.

A continuación, el texto de Tamara Mejía, seguido por la entrevista que InfoUArtes tuvo con ella y Diego Falconí en la Galería 4ta. Pared de la Biblioteca de las Artes, donde observar las fotos de Manglares y revisar en detalle el álbum familiar de Cerrito de Monrreños y un video del lugar que complementa la propuesta.   

Tamara Mejía: Entre la ciudad y el estero existe una distancia que no se mide en kilómetros. Guayaquil celebra el cangrejo con fervor de liturgia: el martillo sobre la mesa, las manos hábiles y manchadas, la cangrejada como rito de pertenencia. Sin embargo, esa misma ciudad que lo consume ha dejado de mirar hacia el manglar, el ecosistema que lo origina y hacia las comunidades que, generación tras generación, lo cosechan vestidas de barro.

“Manglares” propone un encuentro con esa distancia. La exposición reúne dos tiempos y dos materialidades: fotografías en color, enmarcadas en la pared, que capturan el presente de los cangrejeros del Cerrito de los Morreños –sus cuerpos navegando entre raíces, el lodo como territorio cotidiano, el gesto ancestral repetido con precisión casi ritual–; y un álbum de imágenes en blanco y negro, tomadas por Diego Falconí en 1983 durante el rodaje del documental “Los mangles se van”, que el visitante puede sostener entre sus manos, hojear, interrumpir. La pared muestra: el álbum entrega. La instalación sonora y el vídeo activan el espacio para sugerir al visitante una experiencia en presente.

Esa diferencia no es casual. Las imágenes colgadas guardan la distancia propia de la contemplación. Las del álbum exigen un gesto: tomarlas, acercarse, reconocer en ese papel la misma escena que décadas después persiste casi sin variación. El Cerrito de los Morreños apareció en la novela “Don Goyo” de Demetrio Aguilera Malta, publicada allá por 1933, y tal como en la novela, sigue sin agua potable, fluido eléctrico ni alcantarillado, sus habitantes siguen llevando su pesca a Guayaquil al final de cada día de trabajo, y la ciudad sigue recibiendo el cangrejo sin preguntarse nada sobre el mundo que lo hace posible.

“Manglares” no acusa. Invita a sostener esa paradoja con honestidad: la del placer que desconoce su origen, la de la tradición que sobrevive al margen de quienes la disfrutan. Contemplar estas imágenes es, también, empezar a acortar esa distancia.

Los manglares fue el territorio donde Diego Falconí hizo su investigación y donde están hechas todas las imágenes de su muestra. Comenta que conoció Cerrito de los Morreños, ubicada en la zona del manglar del Golfo de Guayaquil (en la isla Chupadores Chico) en 1983 porque Camilo Luzuriaga, con quien trabajó en varios proyectos, fue allí a realizar un documental. El pueblito lo impactó mucho y le quedó pendiente.

Lo impactó, agrega, porque era otro mundo, era casi como estar debajo del agua porque el mismo entorno aísla a quien recolecta o captura cangrejos. Para Falconí, la actividad tenía mucha magia. Anacrónica –si se quiere– porque no es una actividad industrial y se hace solo así al manglar se llegue en grupo, pues el bote va dejando a cada quien en el lugar donde va a recolectar los crustáceos decápodos y allí pasan solos durante horas, totalmente cubiertos para por los mosquitos y la inclemencia del sitio.

“Son como argonautas fuera de su medio enfrentado a la naturaleza en un estado de ensimismamiento por la soledad y porque el mismo medio los absorbe”, anota, señalando que eso le impactó, así como otras cuestiones de índole más social: “Es un pueblito que no tiene servicios. En 1983 no tenían agua ni luz –y están casi igual– y ahora no tienen señal de celular. Es una comunidad muy particular y especial. Esto a pesar de la mucha presencia que tiene en la cultura nacional, debido justamente a la captura del cangrejo”.

El aislamiento de la comunidad de Cerrito de los Morreños resulta paradójico, pues tiene presencia en la vida guayaquileña y nacional por el consumo de los cangrejos.  

“Esa paradoja me enganchó y quedó resonando, por ello hace unos pocos años decidí volver, contactar de nuevo con la comunidad y ver qué había sucedido con ellos. Las cosas han cambiado, pero lo esencial sigue igual. Siguen capturando el cangrejo de la misma manera, incluso, se habla de su veda de una forma oficial, pero eso viene de su propia tradición. Por su conocimiento e integración orgánica al territorio ya tenían la costumbre de parar un tiempo la captura del cangrejo en la época que saben se reproducen más. Allí hay una sabiduría popular y ancestral que sostiene su propia actividad y ecosistema”.

Al volver al Cerrito de los Morreños, Diego Falconí empezó a realizar las fotografías que ahora son parte de la muestra “Manglares”. Filmó también los videos de la propuesta expositiva y con estudiantes capturaron el sonido. También de la Escuela de Cine, el docente Raymi Morales hizo el diseño espacial del sonido y la profesora Priscilla Aguirre intervino en la producción y logística. Igualmente, recibió colaboración de la Escuela de Artes Visuales, con Andrea Moreira y estudiantes encargándose del montaje.

Del álbum familiar que está en el espacio expositivo, Daniel Falconí detalla que las hizo desde la primera vez que fue al Cerrito de los Morreños en 1983 y que son en blanco y negro porque en los ochenta utilizaba esa técnica visual. Le pareció orgánico y decidió conjugat con las texturas que hay en su muestra sitio, pues el papel que seleccionó para las fotografías es de algodón. “Cuando empezamos a imprimir las fotos, las primeras pruebas las hicimos en papel fotográfico y no me convencía por su brillo, entonces nos definimos por este otro papel que tiene una textura más orgánica”.

La muestra fotográfica es un resultado parcial de su investigación porque la idea es seguir hasta conformar un documental. El video que se presenta en un espacio propio presenta un avance la siguiente fase.

La fotografía, el audiovisual y el álbum familiar no son los únicos productos de “Manglares”. Hay otro producto también que deriva de la misma investigación y es un poemario de la autoría de Tamara Mejía. La curadora indica que la exposición ya fue presentada el año pasado en el Museo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay, en Cuenca. Igualmente, se presentaron las fotografías y la instalación audiovisual y sonora.

El poemario, que está listo y en proceso de publicación con Quirófano Ediciones, contiene 30 poemas inspirados en las 30 fotografías expuestas en “Manglares”, que es el nombre homónimo de la producción literaria en mención.

Junto con Diego Falconí y Tamara Mejía, en “Manglares” intervienen: Juan Montenegro, producción general; Priscilla Aguirre, producción ejecutiva; Pablo Espinoza y Carlos Morante, diseño de sonido; Raymi Morales, asesoría de sonido y programación; Emilio Llerena, edición de videos; y Ricardo Bohórquez, impresión fotográfica.

Texto y fotos: Carmen Cortez/Dircom. Imagen de la inauguración, cortesía de la Escuela de Literatura UArtes.

Comparte esta nota

Loading...